No sé cómo trabajaban antes de mi llegada. No había nada parecido a una planificación. Pienso que la creación del puesto que ocuparía fue motivada por la aparición en el mercado de los polvos para lavar ropa y otros objetos, que por supuesto debían almacenarse en los pequeños barriles de cartón que había visto en mi recorrido de bienvenida. Esos barriles no se podían aplastar como las cajas rectangulares que se usaban antes. En la oficina, un señor que parecía ser el responsable me aclaró acerca de la situación:
—Aquí podemos almacenar no más de 24 horas de producción de cada uno de los productos. El stock está en vagones en los railes de la estación de mercancías. Las cadenas de fabricación corren día y noche. Hay que aprovisionarlas. Cada mañana a las siete el encargado de noche nos da los números de los vagones que llegaron durante las 24 horas previas.
Lo que pensé yo inmediatamente fue que no quería un intermediario entre el empleado del ferrocarril y yo.
—Bueno, cada día estaré aquí antes de las siete.
—Como quiera.
Otra vez una mesita con cajón, una silla y un teléfono. Todo de lo más rústico. Afortunadamente llevaba una pluma en el bolsillo.
Estoy solo en la oficina. Suena el teléfono. Se intercambian las salutaciones de la madrugada e inmediatamente después: 2004, 803, 5962, 4569, 7896… y una lista de números seguida de un “Adiós, hasta mañana”. Era evidente que este hombre tenía prisa de volver a su domicilio.
Mi domicilio estaba en una recámara barata de un hotel barato de la ciudad cercana. Merendaba ahí eligiendo las comidas más baratas. A medio día comía un sándwich, pero a pesar de buscar lo más económico en todo, esos gastos adelgazaban la importante prima de viáticos, que convertía el salario de cada mes en algo mucho más apreciable.
Me enteré que había un terreno de camping. Fui a verlo. Ni tiendas ni caravanas, estaba vacío. Era el mes de marzo. La primavera ya aparecía en el brote de los árboles.
Unos días más tarde cargué la tienda y todo el material de camping necesario para una persona y me instalé debajo del follaje de un árbol. ¡Parecía algo fabuloso!
No eran los de la empresa mis patrones. Era la agencia la que me pagaba, con un salario por hora. Tenía la libertad de optar por mi horario diario. Había a la disposición del personal toda una fila de duchas individuales siempre limpias y dotadas cada día de un jabón de mano nuevo de la producción local. Decidí que, salvo en caso de perturbación en la planificación, me retiraría a las cinco de la tarde; un poco antes, a las cuatro y media, salía de la oficina para ducharme. Sentía como si fuera un trabajo por cuenta propia. Así que por la mañana, en el camping, no tenía más que afeitarme mientras calentaba el café de mi desayuno.
Sí, hubiera sido fabuloso si no hubiera tenido que avanzar a tientas para cumplir con el maldito trabajo. Tanto así que tardé una semana buscando una solución para organizar un esquema del abastecimiento de las cadenas, siete días sin encontrar una forma fácil de hacerlo entender a cualquier persona en caso de mi ausencia.
Nadie me ayudaba. Estaba ahí para crear un sistema de organización, pero nadie me daba ninguna clase de información y para colmo casi a las dos semanas estalló una huelga general de un día.
—¿Hace usted huelga, señor Batala?
—Ah, no. No estoy empleado directamente por Colgate.
Durante esa semana de búsqueda me había dado cuenta de que una señora trabajaba en documentos que me podían ayudar, pero ella los usaba y no podía pedírselos porque la interrumpiría.
Así pues, el día de la huelga me senté en su lugar y, como lo había pensado, ahí estaba toda la información que yo requería. Tres días más tarde se podía ver y leer en un gran pliego que yo había hecho cuáles y cuántos eran los vagones y barriles que se necesitaban cada día de la semana. Este trabajo lo repetía los viernes por la tarde. A lo largo de la semana había modificaciones por cambios en la demanda.
Se produjeron dos eventos similares que para mi percepción fueron dramáticos. Te conté amigo que la planificación abarcaba 24 horas, el día y la noche. Dos veces por la noche faltaron barriles; los vagones no estaban en la fábrica, sino en la estación de ferrocarril. La primera vez pararon la cadena y pusieron en marcha otra de cuyos barriles había una reserva. La segunda vez, por necesidad debía seguir la producción; pidieron a todos los empleados que venían a trabajar de noche que con su auto hicieran viajes ida y vuelta cargando del vagón en la estación y descargando en la fábrica.
En los dos casos la culpa era mía por haber omitido llenar de día el almacén. No tuve reproches pero en la mañana encontré una nota sobre mi mesa. A partir del último olvido cada día por las mañanas entraba a la oficina angustiado, apurado con palpitaciones. Sentí que no podría soportar este estrés mucho tiempo; además empezaba octubre y este lugar era húmedo y frío. No podía seguir durmiendo en la tienda. Pagar al hotel nuevamente me comería la parte que hacía que mi salario fuera verdaderamente atractivo. Así que otra vez, sin decir nada a mi esposa, me ocupé en leer otra vez los anuncios de ofertas de trabajo. Encontré una todavía de planificación pero aún más lejos de París. Fui a verla por pura curiosidad, más que por ganas. Era una pequeña fábrica de cepillos y escobas fuera de todo sitio habitado.
—Pero sí —me contestó el dueño, señalando una casa—, tenemos una habitación.
Eché un ojo. Era una casa que te daban ganas de irte a vivir en otra parte. La paga estaba por debajo de lo que me convenía. A pesar de todo le dejé entender al empleador que me interesaba. El día siguiente le llamé.
—Señor, lo siento mucho pero mi esposa no quiere que vaya a trabajar tan lejos sin poder regresar a casa por la tarde.
Y rematé, para hacerlo más verídico:
—No contaba con esa reacción.
No encontré otra oferta y en la tienda hacía frío. No tenía otra opción que dar mi renuncia a finales del mes.
Designaron a una jovencita que trabajaba en otro servicio para remplazarme. Durante dos semanas le enseñé. No sé si lo hice mal pero la vi completamente desorientada y preocupada al despedirme de ella.
A mí me regalaron una caja llena de jabones, pastas para dientes y cajas de distintos polvos para lavar ropa.
Como además a lo largo de los meses cada tarde al irme me llevaba una bolsita de plástico llena del polvo que se encontraba en el lavabo del personal para la limpieza de las manos, mi esposa no tuvo que comprar productos de Colgate u otros durante más de seis meses.

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