¡Tenía un Mercedes pero estaba en paro! Iba a fichar en una oficina de desempleo para cobrar un puñado de francos cada mes. Eso era cosa digna de contar; mejor recurrir a los semanales gratuitos. Los anuncios eran clasificados, pero yo no. Sin embargo, una agencia proponía un empleo de agente de planificación. La conversación fue de corta duración. Cuando a su pregunta contesté al inquisidor en función con quién había cumplido esta clase de trabajo, sin más inmediatamente me indicó que tenía que ir para empezar a trabajar, dándome horarios y dirección.
¿La dirección? Tuve un sobresalto: a más de 80 kilómetros de París, pero… ¡bah!, la oficina del PDC estaba a 60. No iba a hacer remilgos por unos cuantos más. Lo malo era que no había transporte para llegar a la planta. No iba a quebrarme la cabeza por eso: tenía el Mercedes.
El día indicado, como al cuarto para las ocho, vi aparecer en medio de los campos un inmenso pánel con una gigantesca palabra: “Colgate”. Era ahí.
Mientras hallaba un lugar en el estacionamiento, llegó un mercedes igual al mío, cuyo conductor, un hombre barconcito, me echó un ojo y se precipitó en la fábrica. Lo seguí y pronto descubrí un despacho detrás de una señora frente a su escritorio, con el letrero “Recepción” encima de la puerta.
—Buenos días señora
Enseñándole la carta que me habían dado en la agencia confirmé:
—He aquí la colocación para empezar a trabajar hoy.
Descolgó su teléfono.
—Espere un momentito. Alguien lo llevará.
Este alguien vino, un joven ejecutivo.
—Buenos días, señor. Sígame.
Llegamos a la parte de la planta reservada a la administración. La parte donde tocó tenía sobre la puerta una placa de cobre con la inscripción “Dirección”.
—Adelante.
Sentado estaba el hombre que había visto bajar del Mercedes igual al mío… Era el director. Me recibió con cortesía y me propuso acompañarlo a una visita por la fábrica.
Seguimos la vía privada de ferrocarril que enlazaba la estación de mercancías con andén hasta la planta. En sus almacenes se apilaban hasta el techo centenares de barriles, cilindros de unos 45 centímetros de altura y 30 centímetros de diámetro, que estaban a la espera de ser llenados mediante largos tubos con distintos polvos para la limpieza. Luego pasamos por la cadena de relleno de botellas de detergentes, a todo lo largo mujeres de diversas edades, verdaderas esclavas del ritmo que imponía la cinta de transporte, encargadas de tapar las botellas con un ademán rápido, miles de veces repetido; muy cerca, el laboratorio donde ingenieros químicos elaboraban esencias para los jabones de mano. Toda esa caminata para acabar abriendo la puerta de una oficinita donde había un solo hombre de bata blanca.
—He aquí el señor Batala —lanzó el director y me dejó sentado en el lado opuesto de la mesita donde estaba el hombre vestido con la bata blanca. Reservado, sólo me indicó que su parte eran las pastas para dientes y los jabones. Me dio a calcular, rellenar, comprobar documentos sin indicarme el objeto de esta ocupación. Al final de la semana llegué a casa completamente decepcionado, frustrado; habían pasado cinco días escribiendo sin saber el significado ni el destino, en una palabra, sin haber entendido nada de lo que había hecho.
Fue inhibido por la angustia que a la semana siguiente entré a la oficina. Apenas estaba sentado detrás de la mesita cuando entró sin tocar un sujeto de traje oscuro y corbata. Pensé: “Es alguien de la Dirección, que me diría que lo sentían pero que no podían darme el puesto”. Me hizo señas para levantarme y seguirlo. Entramos en una oficina grande donde en completo silencio tres hombres y una mujer hacían como que trabajaban. Quedaba una mesa libre, con una silla. Mi acompañante me presentó y me invitó a sentarme.
Simplemente había pasado cinco días en observación.

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