Sitges

México, D. F., 16 de noviembre de 2012

De esos viajes en España nos quedaban recuerdos, una nostalgia del ocio en las playas soleadas donde de día dormían los barcos de los pescadores, los pueblitos vacíos en las horas calientes y que de repente, cuando al empezar a ponerse el sol se llenaban de una muchedumbre a la vez atareada, alegre y viva en su indolencia.
—En vez de recordar carreteras malas ¿no podríamos rentar un departamento? —me preguntó mi esposa.
Habíamos atravesado muchos de esos pueblos costeros. Uno había llamado nuestra atención. Nos fue fácil, por medio del ayuntamiento, después de un intercambio de correos, elegir uno cuya puerta nos fue abierta por su propietario una tarde del mes de junio. Nos gustó. Tres años seguidos la pasamos ahí durante los meses de junio.
España aún no se abría al turismo de masas. El general Franco, mantenía su política de autarquía, por eso en aquella época se nos veía un poco exóticos por parte de la población del país y despertábamos la curiosidad de los jóvenes.
Nos hicimos amigos sobre todo de la gente burguesa del lugar. Cada domingo algunos pasaban a visitarnos, muy convencidos de que una o dos botellas de champagne de crianza local, que nos había dado a conocer uno de ellos, siempre descansaban en la parte baja del refrigerador.
Había entre ellos un sastre y su esposa, algo mayor que los dueños de la sola e importante ferretería que proveía no sólo al pueblo, sino a todos los viñedos de la localidad con surtido muy variado de material.
Poco a poco se habían agregado a ellos unos más o menos desocupados que se presentaban como intelectuales en distintas artes, pintores o poetas. Todos, tan pronto como aparecían en la mesa las galletas, el pastel y la botella abandonaban el idioma oficial de la nación, el español, para conversar en la lengua regional que ellos nombraban materna, dejando, olvidando, a mi esposa y a mí fuera de sus bromas, chistes y discusiones políticas.
El segundo mes de junio, el pintor de la banda interpeló nuestra atención:
—Trabajo en la decoración de una urbanización en un cerro totalmente vializado, con agua, gas, electricidad, carreteras, con alcantarillas, que el promotor y dueño vende en parcelas y se encarga de la construcción de viviendas; con la diferencia en el valor entre el franco y la peseta, sería una ganga para ustedes. ¿No les interesaría?
Nos consiguió sin dificultad una entrevista con este señor y, obviamente, le ayudó a convencernos. Nos convencieron.
Transcurrió el año con intercambios de cartas y llamadas telefónicas, y fue decidido que pagaríamos por mensualidades.
Cuando llegué, la obra estaba bien avanzada, sería el tercer y último junio que lo pasaríamos como inquilinos. Eramos los únicos. El resto del año el departamento no estaba ocupado. Con el acuerdo del propietario lo rentamos también por el mes de julio para un matrimonio, Chantal y su marido.

Asiduo lector, recordarás que algunas páginas atrás te comenté que había dos Chantal en mi vida. Escribí ya acerca de la primera, luego te hablaré de ella; mientras tanto te voy a entretener con el nuevo trabajo que tuve que aceptar.

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