P.D.C



—¿Da usted su dimisión?
—Sí señor.
—¿Sabe usted que en el contrato se estipuló que debe avisar con un mes de anticipación? Pues…
—Señor, quiero dejar de trabajar aquí pasado mañana.
Las ruedas del sillón del jefe de personal de la compañía de seguros se recorrieron cinco centímetros hacia atrás. Creí que iba a rodar por el suelo.
—¿Dentro de tres días?
—Sí, sí, señor.
—En el contrato está escrito que si un empleado quiere retirarse en un plazo inferior a un mes debe entregar a la compañía el doble del salario que hubiera recibido por el tiempo de trabajo en el mes.
—Sí, señor —contesté, con un tono de voz afirmativo, a pesar de no haberme dado el tiempo de leer el contrato, tan contento que estaba de haber obtenido un oficio del cual podía hablar sin apenarme.
Al oírme tan firme no insistió. Devolví a la compañía la cantidad de dinero que me había indicado el jefe de personal a cambio de un certificado de “dimisión” por propia voluntad.
Dos días más tarde, a las ocho de la mañana empujaba la puerta 321 de la construcción que albergaba las oficinas del Petroleum Distribution Command del Pentágono en Fontainebleau. Empezaban los once gloriosos años de mi vida.
Una mesa, una silla, un teléfono, hojas de papel y una pluma eran los utensilios con que un soldado norteamericano había tratado, sin éxito, de cumplir con la tarea de este puesto, que consistía nada más en hacer adiciones y sustracciones para poder saber, cada mañana, la cantidad de los distintos productos petrolíferos contenidos a la vez en el oleoducto y en los depósitos cercanos de las ciudades citadas por el joven de la primera reunión. El puesto de trabajo más simple, casi incluso con menos tareas que las de la secretaria.

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