Muy activo, me gusta trabajar, en tanto que el trabajo me guste. Por eso para mi sorpresa recibí una carta de colocación —en contestación a la carta hecha seis meses antes— con un sello indicando únicamente PDC. Al recibirla, inmediatamente recordé el empleo de venta de refugios antiatómicos, pero no debía dejar de hacer caso de cualquier oportunidad.
Fontainebleau, a 60 kilómetros de París.
—¿A poco vas a ir? —me preguntó mi esposa.
—Sí, cuando menos será un buen paseo.
Al salir del tren le mostré la dirección a una persona, pidiéndole que me indicara cómo llegar ahí.
—¡Oh, está a casi dos kilómetros de aquí!
—¿Por este lado?
—No.
Siquiera hay taxis delante de la estación.
Aunque no fuera mucho más de dos kilómetros, la hora de cita no me permitía ir caminando. De nuevo saqué mi papel y lo puse frente a la nariz del taxista.
—¿Es el centro de los gringos?
—Sí, sí —contesté sin vacilar, pensando: “De verdad va a ser un buen paseo”.
Altos y largos muros color gris. Una entrada larga de barras de hierro para los vehículos, cerca una pequeña vía para peatones con un soldado del ejército US delante de otros más.
Exhibo la carta. Se me mira, se me palpa y, satisfecho del trabajo bien hecho, me indicó, el brazo tendido:
—Aquel edificio, planta baja.
Voy. Encima de la puerta, escrito en francés y en inglés: “SERVICIO DE PERSONAL”. Ya me esperaban el jefe de personal civil y su secretaria. Después de haberme saludado y verificado mi identidad, el jefe desapareció y la secretaria dijo: “Le vamos a hacer pasar un pequeño examen”.
Nunca me había gustado tratar un asunto laboral con una mujer y veía en ello un mal presagio. Me presentó varias hojas impresas en las cuales figuraban, de una forma u otra, todas las trampas que ofrece el idioma inglés a los extranjeros.
Le devolví mi examen. Lo leyó. Esperamos que regresara el jefe de personal. Intercambió unas palabras con él y, sin comentarios, él me indicó:
—¿Ve usted el tercer edificio de allá? Suba usted al tercer piso, oficina 321.
En la oficina 321 había otra pequeña oficina con paredes de vidrio.
—Good afternon —saludé, dirigiéndome hacia la oficina donde estaba el jefe, un militar vestido de civil. Pero otro, también de civil, se levantó y me hizo señas de que me acercara a él, me estrechó la mano.
—¿Usted es el señor “Batal”?
—Sí.
—Me designó un despacho donde estaba un joven de unos 25 años, también vestido de civil, que se levantó de su sillón y me invitó a sentarme en su lugar.
—Le va a enseñar de qué se trata —me dijo el que me había recibido, con un ligero acento que no identifiqué.
Había otra persona en este despacho. Una jovencita detrás de una máquina de escribir. Noté su presencia mientras me sentaba.
El joven, francés, extendió sobre el escritorio una hoja de papel blanco:
—Se trata de un oleoducto que va del océano Atlántico a Alemania.
Me dio una pluma y, poniendo el dedo a la izquierda de la página, empezó:
—Aquí está Donges.
Vi hacia él, de lado, con una mirada interrogativa.
—¿No conoce usted Donges? Es un puerto cerca de St. Nazaire.
Como seguía mirándolo interrogativamente, me ordena: “Escríbelo”. Y me lo deletrea.
Un cuarto de página más lejos aplica su dedo:
—Aquí está Melun.
Ese lugar lo conocía. Es una ciudad cerca de París: escribo Melún.
El sujeto siguió colocando su dedo a tres cuartos de la página:
—Shalon —pronuncia—, luego Nancy. Y al final Alemania.
Conocía ese nombre de Nancy. Estaba en mi camino de vacaciones a España; está al este de París, a medio camino entre París y Alemania. Escribí Shalons, pero con una “s” al final, Nancy, Alemania.
Este chaval enigmático apenas había yo escrito la última palabra, me quitó la hoja y se fue a enseñarla al que tenía un acento, quien con la mano me señaló que lo siguiera al pequeño despacho de vidrio.
—Mr. Wilson, here is Mr. “Batal”.
—Sitedown.
Sigue una corta plática en inglés, que acaba con un “le escribiremos”.
Unos días después recibí la carta. Se me esperaba el lunes siguiente en la oficina 321. Se me mencionaba además mi salario: ¡casi tres veces lo que me daba la compañía de seguros!
Luego supe por qué me eligieron. Habían seleccionado a dos que habían escrito y rellenado las hojas impresas, pero me habían seleccionado a mí gracias a una trampa cuya invención sólo podía provenir del joven. En Francia hay dos ciudades que llevan el mismo nombre, una con una “S” al final, que en francés no se pronuncia. La que yo había escrito: Shalon está al sureste de París, no era lógico que un oleoducto que venía de cerca de St. Nazaire pudiera pasar por un sitio más al sur, cuando tenía que llegar al noreste, en Alemania. Gracias a no haber caído en una argucia pasaría yo 10 años en el ejército estadounidense.

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