El primer día del mes siguiente a mi entrada en la compañía de seguros me vi sentado al lado de un señor sencillo, amable, que colocó delante de mí una carta mecanografiada y un formulario que llenar. Las cartas provenían de agentes de la compañía que, después de un acuerdo con un cliente, mandaban todos los datos necesarios para crear el documento oficial. El trabajo de redactor era en realidad el de calcular según todos los parámetros referentes al vehículo, el importe de la prima, y de llenar el formulario de tres ejemplares. No era un oficio de redactor sino de cálculo.
Tengo horror de las cifras, a excepción de las de mi salario si representan una cantidad aceptable. Desgraciadamente no era el caso en este establecimiento. Salíamos temprano de la oficina, a las cinco de la tarde, para supuestamente —se me hizo entenderlo rápidamente— ir a lloriquear a nuestros amigos, familiares, vecinos y otros para que aceptaran cancelar su contrato que tuvieran con una compañía X para firmar uno con la que nos daba empleo. No lo hice.
Por aquel entonces recibí un correo con seis páginas de cuestionario en contestación a una petición de trabajo que había hecho seis meses antes. Pasé una tarde en llenarlo. Se me preguntaba hasta acerca de mis padres, cuáles eran mis diversiones preferidas, si practicaba un deporte, si estaba casado, qué hacía mi esposa, mi religión, etcétera.
Así como a mí las cifras me dan horror, mi esposa no puede ver el agua ni en pintura. Siempre ha sido para mí paradójico que una persona que huye de todo lo que es agua —el vaso de agua simple, el grifo del lavabo y la ducha— hubiese aceptado de un día a otro navegar en un endeble eskife sobre ríos bravos.
En lo que iba del año ella estuvo tres veces en la canoa, en ríos semibravos. La tercera vez fue en noviembre. Septiembre había sido muy lluvioso. El río “La Gartempe” en el centro de Francia no es muy peñascoso pero la crecida debida a esas lluvias lo había convertido en un torrente impetuoso que recorría y cubría campos y bosques.
Una mala decisión mía nos arrastró fuera del lecho del río, en las primeras líneas de árboles. En medio de estos las maniobras con los remos eran casi imposibles. Yo buscaba una solución y mi esposa, que comenzaba a apanicarse, me gritó:
—¡¿Qué hago?!
La situación no era dramática, no había más que 60 centímetros de profundidad. Los otros integrantes del grupo, empujados por la fuerte corriente del agua no podían regresar para ayudarnos. Una rama sólida llegaba encima de nuestra embarcación. Pensé que en la parte trasera de ésta yo tendría un mejor margen de posibilidad de maniobrar.
—Agarra la rama y salte de la canoa.
Lo hizo. En ausencia del peso de mi esposa, la parte delantera donde ella estaba se levantó y la canoa se puso a dar vueltas por la derecha y por la izquierda, tropezando con un árbol, tropezando contra otro y, poco a poco, regresaba hacia el agua viva del cauce del río.
—¿¡Qué hago, qué hago?! —seguía gritando mi esposa, todavía suspendida de la rama.
Ante la incapacidad para imaginar otra solución, rápidamente contesté:
—¡Suéltala!
Hice lo mismo bajando de la canoa, caminando sobre el barro, con el agua hasta las rodillas. Recuperé a mi cónyuge y jalamos nuestra canoa hacia un sitio del bosque con muy poco agua, las piernas chorreando, los tenis llenos de lodo. Conseguimos embarcar para alcanzar a los otros del grupo, que se hallaban parados, inquietos, a la espera de nosotros.
Nunca más mi esposa subió en una canoa.

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