Un poco mejor

De pie, con mi cuaderno y mi vocabulario en una mano, el índice en la otra indicando la taquilla apropiada… no podía durar. Ni siquiera me atrevía a hablar de mi empleo a mis amigos.

De nuevo un anuncio en el diario me sacó de esa mala situación. Una compañía general de seguros buscaba un “redactor”. Me presenté. Me aceptaron. ¿Redactor?, pensé: “Voy a redactar”. Siempre me había gustado escribir.

El primer día, al llegar, no recuerdo quién me llevó a la escalera que conducía a un sótano. Encima de una puerta leí: “Archivos”. Entramos: luz pálida, descolorida, dejando percibir estantes tras estantes llenos de carpetas y, en el fondo de la sala, en la penumbra, un personaje sin edad, vestido con una bata gris, gafas en la nariz, sentado en una vieja silla detrás de una mesita sobre la cual estaban esparcidos algunos papeles. Ya pensaba irme pero el sujeto que me acompañaba me agarró por el brazo y me presentó a esta especie de aparecido.

—Señor Paúl, jefe de Archivos.

Estaba a punto de contestar: “Muchas gracias, no me interesa”. Pero este hombre siguió hablando: “Quedará usted un mes en este servicio para aprender la forma de trabajar aquí y, si todo va bien, pasará al despacho de los redactores de contratos de seguros de automóvil.

Tenía un empleo fijo, salario no muy elevado, a la espera de obtener otro pensé en documentarme para la compra de una canoa. No me acuerdo cómo —en aquel momento no existía Internet— pero compré una usada, espléndida, con las puntas delantera y trasera levantadas, tipo indio de Canadá, y de la madera que usan los nativos.

En un año de práctica en el club, de neófito había pasado a instructor. Enseñé a mi esposa las astucias y trucos para que pudiera acompañarme como mi pareja de remo y decidimos juntarnos por grupos de principiantes que iban a bajar un río no muy agitado pero a más de cien kilómetros de donde estaba guardada la embarcación.

Los otros participantes la transportaban encima de sus coches. Nosotros no teníamos coche. Tuvimos que empacar la canoa cuidadosamente, traerla sobre un carrito de dos ruedas fijada con correas, bajando el centro hasta la estación de ferrocarril una semana antes de la “bajada”. Luego, de la misma forma, de la estación del ferrocarril hasta el punto de reunión a la orilla del río.

No podíamos seguir así. Resueltos, rompimos la alcancía.

Entre los años 1946-1947 salió de la fábrica Citroén un carrito concebido durante la guerra: barato, rústico, chasis de tubos de metal, techo de tela, ochenta kilómetros por hora en carreteras llanas, con tracción delantera que casi podía usarse como un todo terreno actual, con menos potencia por supuesto. A pesar de parecer débil aguantaba muy bien el peso de la canoa y de todo el material de camping.


Lo saqué nuevecito de la agencia y orgullosamente decidí ir por mi esposa a la salida de su trabajo. Un semáforo en rojo. Paré. A mi lado una señora platicando con otra que agarraba una carreta de las que usan los que venden en los mercados sobre ruedas. Al despedirse la que tenía la carreta inició una media vuelta y haciéndolo dio un golpe en una aleta de mi coche. Así llegué delante de la puerta de la oficina de mi esposa, con nuestro primer carro apenas saliendo de la fábrica con un buen golpe en la carrocería. Eso en nada afligió mi amor por la canoa.

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