—Vengo para inscribirme en la sección canoa.
—¿Ya practica usted?
—No.
—Tendrá que pasar una prueba de natación en la alberca.
No mencioné el estado de mi brazo. En la Alberca no tuve problema. Fue en el cobertizo, al sacar las embarcaciones, que el entrenador puso mala cara, pero me vio tan decepcionado, angustiado, que por fin opinó:
—Súbase conmigo en mi canoa, con una voz que dejaba entender “así limitaré los desgastes”.
Entrenamiento: un curso cada 15 días en domingo durante el invierno: témpanos, en el río, sobre las palas hielo, temperatura bajo cero y luego inundaciones, agua hasta dentro del hangar y, del otro lado del río, un pueblito cuyos habitantes desde el primer piso de sus habitaciones nos miraban en nuestras embarcaciones con indignación frente a nuestra impertinencia de divertirnos frente a su desesperación.
Superé mi hándicap y conseguí estar en igualdad con los otros navegantes en ríos seleccionados gradualmente por sus dificultades.

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