El Vel d’HIV

Gritan, silban vociferan, dan alaridos, los aullidos de los locutores en los altavoces, la orquesta Musette en el centro con la flor y nata de los espectadores, los stands de material de los corredores, alrededor de todo ello la pista y, hasta el techo, el populacho sentado en el cemento de las graderías: los seis días ciclistas de París en el Velódromo cubierto “de invierno”.
Eso lo había conocido de chiquillo cuando mis papás me llevaban allá. Unos veinticinco años después el centro era de parqué con una buena parte cubierta con mesas del restaurante; era el único cambio a excepción de mí mismo que, en vez de estar sentado arriba en las graderías comiendo un sándwich con paté de foie, ahora tenía la responsabilidad del depósito de las botellas de champagne de toda marca. En el restaurante no había otra bebida.
Un amigo del gerente, conociendo mi situación de peón en la caja de trámites familiares me había propuesto: “Tengo un trabajo para ti. Si puedes obtener siete días libres ganarás otro tanto como en un mes allá”.
Pedí una semana de vacaciones durante la cual de las 12 del día hasta las cuatro de la madrugada del día siguiente entregaba a los meseros champagne a cambio de un papelito mencionando el número de la mesa.
Los corredores iban por equipos de dos. Durante cinco noches y seis días había corredores en la pista. A partir de las dos de la tarde estaban los dos sobre sus bicicletas, que se alternaban tratando de ganar un turno de pista a las demás parejas. De vez en cuando había un “sprint”: varias vueltas de pista, al final de las cuales el corredor que pasaba primero la línea ganaba para sí mismo y su pareja una “prima” consistente en dinero ofertado por un producto cuyo nombre de marca era gritado en los altavoces. A las cuatro de la mañana tenía lugar el último Sprint.
Yo dormía de las cinco de la madrugada a las diez de la mañana, a veces sin desvestirme, en un dormitorio, tomando al máximo dos duchas. A las 10 tenía que rellenar el depósito con nuevas botellas de champagne. La comida me convenía, era la misma que la de los clientes, con champagne.
Al cabo de esos seis días me reincorporé en el ambiente burocrático.
Afortunadamente tenía la canoa.

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