¿Qué te pasó?

El salario de mi puesto en la Caja de Seguros Familiar no nos permitía a mi esposa y a mí proyectar gastos extra en la vida cotidiana. Cabe decir que este oficio era más de presencia que de otra actividad.

Dos inmensas salas de taquillas, con una empleada detrás de cada una. Las madres de familia formaban fila para tramitar o cobrar indemnizaciones según el número de niños que tenían. Yo, mi cuaderno de vocabulario de inglés en la mano, las acompañaba —cuando había duda— a la taquilla donde se podía resolver su caso. Lo hacía con toda comprensión y cordialidad, que —perdónenme, me caracterizan— y así conocí a todas las oficinistas. Una de ellas, al verme tan amable, seguramente pensó que podría ser un excelente marido.

Unos tres o cuatro meses así y me di cuenta de que con sus aproximadamente 25 años, como por casualidad, se encontraba en la entrada cuando regresaba de almorzar y me saludaba. Pronto hubo pláticas. Pláticas que rápidamente tomaron un camino amigable.

—¿Me puede pelar mi naranja? —me preguntó un día.

Se comía una fruta cada día por la tarde. A ti —pensé— te gustaría pelar otra fruta.

En su taquilla le entregué una carta con texto ambiguo, términos que querían decir algo sin decirlo. Por ejemplo, fallé en mi costumbre de emplear la palabra “casado”. Fue ella quien, al día siguiente, me dijo, en forma de afirmación: “Usted está casado”.

Eso no me impidió que aceptara una cita en un banco de un parque. El primer beso me sorprendió. Me ofreció sus labios, la boca abierta. Hubo un momento de vacilación, cerré mi boca y apliqué mis labios sobre los suyos.

Seguimos citándonos en algunos lugares públicos hasta que, una noche, al momento de separarnos, con brusquedad me cogió, me apretó contra ella dos segundos, llamó un taxi y se fue.
El día siguiente, al llegar a la oficina, una mujer pasó junto a mí ni siquiera me miró. Ella era Reneé

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