Distracciones

Recuerdo que ya en la primaria nos daba a dibujar una casa, un animal, un personaje; a pesar de una hora por semana de curso de dibujo y de haber comprado un librito titulado “El dibujo para todos”, nunca fui capaz de representar sobre la hoja blanca el florero colocado sobre su escritorio por el maestro.

Los estudios, la guerra, el trabajo, no me dejaron tiempo de pensar en dibujar. Siempre me llamaba la atención lo que veía en la prensa.

Ahora que podía de nuevo escribir y tenía tiempo libre, la idea del dibujo me vino a la mente: “no soy tan estúpido que no pueda representar algo que mis ojos vean”, me dije. Tomé una cacerola en la cocina, la planté al centro de la mesa y ¡adelante! ¿Qué veo? Todo el borde superior está redondo. Hago un círculo sobre el papel, no tenía nada parecido a lo que veía.

¿Qué mis ojos no ven la realidad? ¿O es que es falsa la realidad? Fijé el objeto intensivamente en mi vista durante algunos minutos. “Claro que sí, es redonda”, me dice mi mente, ¿pero por qué mis ojos no me permiten representar esta realidad?

Fue el principio de un largo periodo de arte pictórico: saber ver, no pensar. ¡Cuidado, tus ojos te engañan!

Otra diversión que gané gracias a ese lapso de ocio obligado por mi accidente y que me procuró un verdadero placer a lo largo de unos quince años conjuntamente con el dibujo.

Durante el primer año de recuperación de mi brazo iba a ver de vez en cuando a mis padres, que a la muerte de mi abuela se habían ido de París para ir a vivir en la casa a la orilla del río Loire.

Sentado melancólicamente en la arena, bajo un sol de verano, el río fluía perezoso cuando vi aparecer en lo lejano dos canoas. La vista de la playa las atrajo: una pareja en cada una, desembarcaron.

—Buenos días. ¿Cómo les va? ¿De dónde vienen? ¿Hasta dónde van?

Les envidiaba. Eso hizo que me atreviera a seguir cuestionándoles acerca de cómo la pasaban, si tenían tienda de campaña dentro y, sobre todo, cómo se maniobraba con las canoas.

En mi interior calculaba —con arreglo a lo que me contestaban— mis posibilidades físicas y económicas para ver si podría, como ellos, atracar en algún sitio, en alguna playa de río de mi gusto, y almorzar al sol con mi canoa arrimada a un árbol, lejos de todo, con sólo el ruido del agua corriente en su lecho.

El análisis de todo lo que había entendido me dio a pensar que sí, probablemente, podría intentar lanzarme en esta aventura.

Existe no muy lejos de la ciudad un lago arreglado con instalaciones, bares, bancas, para que los ciudadanos puedan evadirse de su cotidianidad y disfrutar de un paisaje verde y acogedor. También había un señor que tenía un negocio de alquiler de barcos y dos canoas. Alquilé una durante una hora, me acomodé, dentro de rodillas, como había visto hacerlo a los de la playa. Tomé mi pala o remo al igual que ellos y empecé a remar, pese a tener el brazo derecho casi inválido. Una hora pagando, una hora de vueltas y devolví la canoa persuadido de que podía perseverar en este deporte en el supuesto caso de que tuviera dinero para ello.

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