En el servicio de neurocirugía de un hospital público detectaron una ruptura en el plexus braquial.
—Todo lo que podemos hacer para usted es bloquear el hombro y el codo para que quede su antebrazo fijo en posición horizontal.
—No lo quiero.
—Entonces haga ejercicios en agua y puede ser que se recupere un poco.
Todavía no sabía nadar. Soy de natural optimista. Sin trabajo, con la rentita del seguro social me compré un abono en la alberca más cercana a mi estudio. Ahí, por la escalerita de la alberca caminé hasta que me llegó el agua a la barba y empecé a tratar de mover mi brazo. Cada día, una semana, dos semanas, además de tragar cloro parecía un pingüino perdido en el derretimiento de los hielos de su iceberg.
Optimista, sí, pero sensible al ridículo. Pensé: “Pierdo mi tiempo, más vale nadar. Tengo que aprender, no tengo dinero pero tengo ojos”.
Pasé unos meses en el agua o en la orilla de la alberca mirando con atención a los que mejor nadaban, procurando reproducir lo mejor posible sus movimientos. Dos años sin trabajar pero conseguí nadar igual que los que siempre miraba.
Pero eso no era más que una satisfacción personal, había que pensar en el porvenir. Primero, de los tres idiomas estudiados dejé aparte el alemán y el español, y saqué mis libros de inglés. Me inscribí en cursos gratuitos, de los cuales el profesor me echó fuera por parlotear con mi vecina mientras él se esforzaba por qué Shakespeare había puesto “y esto” al final de un verso. Nunca lo supe, pero la chica me la reservé. Me había llamado la atención porque tenía un buen acento de inglés. No tenía nada de particular: físicamente, cuanto más alcanzaba 6 de 10. Era de un pueblo de Normandía, vivía con su hermana, el esposo de esa hermana y el bebé de ambos, quien —cuando me invitaron a comer y yo, para agradecerlo, lo había sentado sobre mis piernas— aprovechó para orinarme el pantalón.
A mi pregunta de siempre, me confesó que no era virgen. Fue en el bosque de Fontaineblue, en invierno, en mi tienda de campaña, que los dos, en un sleepinbag de una sola persona que pude confirmarlo. Nuestra relación no duró más que unos pocos meses. Me dejó por un chico tuberculoso.
Seguía mejorando con la práctica del inglés. Eso no bastaba. Ejecutivos en paro tenían la posibilidad de hacer una serie de pruebas para determinar hacia qué rama podían dirigir sus búsquedas y, con alguna suerte, encontrar un empleo. Tres días de pruebas para ayudar a los menos calificados. Al final se tomaba en consideración a esos menos calificados. No estaba en la lista.
Encontré, siempre para ejecutivos en paro, cursos con tema de publicidad, marketing, instalaciones y funcionamiento de supermercados… acabé montando sobre papel todo el desarrollo de una compañía de publicidad.
Mientras buscaba un trabajo en los anuncios de distintos diarios, me convocaron dos sujetos vestidos de ejecutivos en una oficina con muebles de estilo: ¿para qué? ¡Para ir a vender refugios antiatómicos! ¿A quién iba a vender eso?
Luego otros me convocaron para vender calzado de señoras a la medida. Me explican: “Hemos seleccionado una clientela potencial y le hemos avisado con una carta sobre la visita de nuestros agentes a su domicilio. Le damos la dirección, un catálogo y un aparato para tomar la medida del pie, y aparte un carnet para anotar su propia apreciación con respecto a la visita”.
En dos semanas conseguí un solo pedido, pero sintieron mi renuncia por la diversión que les procuraba el texto de mis apreciaciones.
Mi esposa, con la ayuda de su sindicato, me encontró un oficio de “plantón”, el más bajo en la jerarquía del seguro social. El plantón era la persona que indicaba al público en qué despacho o piso debe dirigirse para tal o cual trámite en una oficina pública. Todo eso no me entretenía mucho.

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