Sin contestación de mi esposa, sigue:
--Lo vi en el diario.
Así mi cónyuge supo que desde hacía dos días yo estaba en un hospital a unos setenta kilómetros de París. Un hospital que era mantenido y, podría decir, dirigido por hermanas católicas.
Salí del coma sin recuerdos. Estaba solo en una pequeña recámara donde por todo mueble sólo estaba mi cama de alambrón pintado de blanco. En un rincón un cristal con dos barras de hierro detrás de un hueco hacia el cielo y que el sol nunca veía.
Grito, grito en vano, pánico, llamo: “¡Por favor, por favor!”.
Del otro lado una puerta que por fin se abre. Fantasma negro. Una hermana aparece, y al verme capaz de hablar dijo: “Gemía tan fuerte que los otros enfermos no podían dormir. Le pusimos aquí”.
“Aquí” —me lo imaginé después—era la recámara donde metían a los moribundos, los que no podían pasar la noche.
¡Mentira piadosa, hermana!
Tan persuadidas estaban de que muy pronto rodaría por la nada, que casi no hicieron caso de mi presencia: primera visita de mi presencia cuatro días después, segunda otros cuatro días más tarde.
--Hace ocho días que no voy al baño —le comenté a mi esposa— y no he visto ningún médico.
“Vamos a darle una lavativa” —le dijo la monja a mi esposa.
La lavativa llegó con una jovencita, empleada laica de las hermanas, visto que ninguna de ellas debía vislumbrar siquiera partes genitales masculinas.
El instrumento, una perita de goma que, obviamente, se notaba, la pobre nunca había usado.
Estaba yo boca arriba, una pierna enyesada, me bajó el calzoncillo y con una mano insegura trató de insertarme la cánula en el ano. Después de varios ensayos lo consiguió y me echó en el intestino de una sola vez el cuarto de litro que contenía la perita. Y siguió presionándola, veces tras veces, inyectando nada más que aire en mi flaca barriga.
— Hola, Marguerite. ¡Voy a despegar!
Se marchó rápidamente sin haber pronunciado una sola palabra.
El día siguiente mi esposa vino a ver al médico.
— Doctor, quiero tranferir a mi marido a un hospital de París.
— Señora, no, es imposible en su estado, tiene cuarenta grados de fiebre.
— Discúlpeme, doctor, pero aquí no se le cuida. Insisto en que lo llevemos a París.
— No quiero porque no puedo. La ética médica me lo prohíbe.
— Le firmo una carta, doctor, para descargarlo de toda responsabilidad.
— Bien, ¿cuándo?
— Lo antes posible.
Por la tarde llegaba yo, todavía vivo, en ambulancia, a otro hospital mantenido también por hermanas… pero de religión protestante.
Siempre gimiendo percibí, al sacarme de la ambulancia, una cuadrilla de batas azul claro con rayas blancas. En la cama, después de haberme tomado la temperatura, el doctor director de la clínica, a la pregunta de mi esposa acerca de mi estado contestó subiendo los hombros y en una señal de “ni que sí ni que no”..:
La inyección de morfina me hizo callar y caer en un falso sueño. Unas horas después mis alaridos alertaron a la enfermera de noche.
— ¿Qué pasa?
— Padezco, me duele. Deme otra inyección.
— No puedo…Tengo que llamar al doctor.
— El doctor aceptó —me dijo la bata azul blanca—, pero será la última.
Días pasaron, semanas pasaron. El dolor también, poco a poco, se me había pasado. Se me dio a leer el Evangelio según no sé quién, se me quitó el yeso.
— Ahora puede usted ir a dar una vuelta en el jardín.
Una semana más tarde un taxi me llevó a casa de mis padres, donde me quedé en mi recámara de estudiante, con un brazo y una mano estropeados, colgando inertes de mi hombro.
Vinieron mis cuates del hotel de París a visitarme con una botella de champagne para “festejar” mi salida de la profesión y el punto de partida de una nueva vida.
Tenía 31 años.

0 comentarios:
Publicar un comentario