A excepción de los que habían perdido su alojamiento o un ser querido, la vida en Francia había reanudado su curso normal de la anteguerra. Mi esposa y yo habíamos encontrado un sitio para alquiler: un pequeño estudio 4 x 4 metros, la habitación principal, una cocina estrecha, un wc con lavabo, sin nada más, pero con calefacción central. Desgraciadamente la tubería había reventado al no servir durante la guerra por causa del frío y la dificultad para encontrar carbón.
En casa de mis padres mi recámara estaba desocupada; acogieron sin decírmelo a la pobre chica.
Se convocó a un consejo de familia. Se habló de divorcio.
Había tenido razón con mi vacilación mirando el río Sena desde el parapeto, cuando pensaba que sucumbir al encanto de esta niña me iba a joder la vida: ¡y me la jodió de verdad!... ya verán.
No hubo divorcio.
La madre de la pequeña no asistió al consejo de familia. Mi delicado encanto y yo decidimos que, por lo menos momentáneamente, ella regresaría a su pueblo y yo iría luego para una conversación explícita con su madre.
Así lo hice: 200 kilómetros, tomé la moto BMW y ¡rooomm! Al día siguiente, en completa confusión, sin que fuera tomada una decisión definitiva… ¡rooomm, rooomm!... me regresé a París con la chica sentada detrás de mí.
Me desperté 24 horas después en la cama de un hospital con cuello de toro, brazo y mano completamente destrozados, fractura de una pierna, 40 grados de fiebre…
Ella, muy poco herida, regresó a su pueblecito tan virgen como cuando había ido a París.

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