--¿Por qué tiemblas?
La voz era fuerte e irritada, y la pregunta dirigida a mí.
Estábamos apoyados sobre el parapeto, el río Sena fluía apacible, gris, bajo
una pequeña llovizna, la de París. Acabamos de salir del museo al otro lado de
la calle, donde fuimos a ver algunas de las obras de Matisse.
El movimiento de los pasajeros al ir ahí, en el metro, y al
haber mi mano rozado su nuca, mostró un estremecimiento que me pareció no ser
provocado por el mero y muy ligero contacto, sino más bien un escalofrío bien
pensado, voluntario.
Una prima de mi suegra vivía en una pequeña ciudad campesina
y tenía una hija apenas saliendo de su estado de minoría –20 años en esa
época--. Invadido de campos sin industria este lugar no ofrecía ninguna salida
profesional a esta jovencita.
Vivíamos mi esposa y yo en casa de mis padres, mi suegra
ofreció a su prima venir a vivir con ella en una recámara libre, que había sido
la de mi esposa.
Aquí, en París, encontrarás fácilmente un trabajo.
Lo que primeramente encontró la pobre fui yo.
Una muñeca, en serio, una muñequita; metro cincuenta de
altura, todo bien proporcionado, rostro de hada, parecía recién extraída de un
molde Walt Disney, caída del cielo al pie de un sujeto que todavía lloraba a su
Marcelle.
Nos fue rápidamente evidente que cada uno de nosotros podía
obsequiarle al otro con lo que cada cual esperaba. Era virgen; le urgía acabar
con aquello. Y estaba lista para afrontar cualquier obstáculo.
Yo tenía remordimiento al pensar: “Otra vez voy a trastornar
mi vida inventando, ocultando, temiendo, haciendo cálculos de todo pelaje”. El
pensamiento me hacía vacilar, sobre todo sabiendo de mí mismo que no iba a ser
más que un sucedáneo, un engaño que nunca tendría para ella ese impulso de amor
de siete años: sería avena de otro costal.
Así estaba yo, atrapado entre la tranquilidad de una vida
apacible y la atracción de este cuerpecito holliwodiano. Estábamos asomados en
el parapeto. La excitación era tan poderosa, el miedo tan fuerte de hacer una
estupidez y, además, con el temor de haberme equivocado con el comportamiento
de la chica --quien todavía no me había dado ningún otro indicio de su
verdadera posición-- que perdí mi lucidez, el control de mi persona, y me puse
a temblar de todo mi cuerpo. Con su pregunta casi iracunda había dejado la
pelota en mi cancha.
Con mi cuerpo la aplasté con violencia y apliqué mi boca
contra la suya hasta perder ambos la respiración.
Hubo muchos besos, muchas caricias, hasta que lleguó al
imprescindible de las vacaciones y, de nuevo, la moto, mi esposa y el viaje a
tierra española.
--Te mandaré cartas –le dije a mi hermosa nenita.
Pronto mi suegra se dio cuenta de que ella vigilaba el paso
del cartero y se precipitaba para recoger el correo. Mi suegra también se
informó de la hora del paso y, un día, encontró una de mis cartas, en la cual
contaba acontecimientos y describía paisajes del viaje, y a escondidas de mi
esposa había concluido con un “te quiero” en español. Mi suegra se apropió de
la carta y se hizo traducir por cualquier fulano esas dos palabras.
De inmediato mi suegra le pidió a mi muñequita que dejara de
vivir con ella y que se fuera donde quisiera.

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