Hotel de París, “La Odisea”

Los chefs de piso del Hotel de París tenían una antecocina común en el tercer piso. Aquí se preparaban las bandejas del desayuno con el café, los cuernos, los bollos con manteca, mermelada o miel y los jugos de naranja. Entre todo lo que nos envía la cocina, los jugos eran una fuente de ganancias para nosotros. Habíamos inventado el “superzumo”, mejor que el propio jugo de la fruta. ¿Quieren la receta?

Para eso hay que disponer de terrones de azúcar. Primero se lava bien la naranja; segundo, se extrae normalmente el jugo; tercero, se llena un jarrito de agua; cuarto, que es donde está todo el secreto: se rozan los terrenos sobre la piel de la naranja hasta que estén bien impregnados del zumo, se les echa en el jarrito de agua para que se disuelvan y, finalmente, se mezclan con el jugo de la naranja. ¿Fácil, verdad? Todo depende de las proporciones.

Así, con la cantidad de naranjas que se nos daban para hacer diez vasos hacíamos casi el doble mucho mejor que el mejor jugo de la fruta, y cuyo costo ingresaba al cepo común.

Otro:

Les voy a contar todo, sin vergüenza, créanme…

En Francia, como en muchos países de Europa, el agua de la llave es verdaderamente potable; por otra parte, tenemos un número importante de fuentes de agua con o sin gas que entran en el marco de las prescripciones médicas; se venden en botellas en todos los supermercados.

Tenía yo un cliente que solía tomar una botella de esas aguas minerales; botella tapada con cápsula de metal fuerte, bien apretada. Este cliente consumía una botella cada día. Es muy conocida en Francia esta agua. No les daré a conocer su nombre, este blog no está destinado a dar a conocer imágenes de marca de ningún producto.

Mando pedir una al bodeguero y la trae al cliente. La destapo con precaución y pongo un tapón de corcho. Esa fuente, al contrario de muchas otras, no tenía sabor particular. El cliente la paga directamente. ¿Qué hubieran hecho ustedes? ¿Cómo yo? ¿No? Recogiendo la botella vacía, me precipitaba hacia la llave y llena de nuevo la botella la tapaba con la cápsula que había guardado. Al día siguiente la entregaba a este señor otra vez destapándola cautamente. Le presentaba la factura, cuya cantidad honestamente echaba en el cepo común de la antecocina.

Este juego se acabó un día que al salir de su recámara el cliente me sorprendió con la botella vacía en la mano debajo de la mano. Nunca jamás me pidió su botella cotidiana de agua.
Pero, me van a preguntar: ¿La factura a nombre del hotel cómo se la procuraban?
Sea por el jugo de naranja, sea por el agua u otras cosas que por no ser tan picarescas callaré, la conseguíamos fácilmente. Escúchenme:

A la misma hora que nosotros, a las siete de la mañana, empezaba a trabajar uno de los contables. De vez en cuando le invitábamos a subir y tomar un café matinal. Mientras, uno de nosotros bajaba rápidamente a la oficina del invitado para sustraer un puñado de facturas vírgenes de un cajón bien conocido por nuestra cofradía.

Otra:

Este hotel tenía una particularidad que, como “particularidad” nunca jamás encontré en otro establecimiento de esta categoría. En la puerta de cada suite o recámara había sido instalado un buzón para entregar su correo al cliente. La tapa se abría hacia el interior. No sé si esa instalación había sido concebida para bien o para mal. Sea como sea nosotros la usábamos para un buen recreo. Me explico: Cuándo ustedes introducen una carta en el buzón, ¿qué hacen? Empujan la tapa. Nosotros también lo hacíamos así, pero en vez de una carta echábamos una ojeada para ver, por ejemplo, a una señora de unos cincuenta años que, completamente desnuda, caminaba con las manos, patas arriba y tetas colgando al revés para ejecutar sus ejercicios cotidianos; o la bonita joven también en cueros sentada sobre la taza del baño, torciéndose desde el abdomen hasta los hombros por delante, por atrás, a la izquierda, a la derecha, tratando de vencer un estreñimiento persistente.

Cuando uno había descubierto algo así o una pareja enamorada, llamaba a los demás para que todos pudiéramos gozar desde la más común y corriente hasta la más acrobática de las fornicaciones; ¿y por qué no decirlo así?, incluidos los aéreos, atléticos, solemnes, creativos, aniquiladores, devastadores, destructores, lentos, tardíos, interminables, prontos, apresurados, atrevidos, huraños, melancólicos y torpes ayuntamientos presentados en vivo.

Así corría el tiempo, trabajar duro, hacer acopio de dinero y disfrutar del espectáculo en 3D.

Vestidos de pingüinos para trabajar, nos estaba reservado un vestidor en el último y el séptimo pisos, cuartito bien escondido y desconocido de los demás, salvo de Silvana, del equipo de los bellboy, que, no sé cómo, se había enterado de este lugar, y Martha, la cual lo sabía porque trabajaba con nosotros en el lavado de tazas, vasos, copas y cubiertos.

Conocí a Silvana, de origen de Europa del Este, cuando un día, pocas semanas después de mi entrada en el hotel, entró en nuestra antecocina. De altura media, rostro agradable, sonriente, con rasgos todavía jóvenes.

Para mi estupefacción y vi a mis colegas acercarse precipitadamente a ella y quitarle el guardapolvo. Ella, como si le importara muy poco, se dejó abrir la blusa, de la cual surgieron dos enormes senos bien firmes que nunca trató de ocultar; al contrario, orgullosamente, como con reto, nos dejó agarrarlos. Pasaron unos minutos y, lentamente, todavía sonriente, volvió a abotonar su blusa y a ponerse su guardapolvo sin que nadie la tocara más. Esto me hizo pensar que probablemente era un ritual, pero este ritual dejó huellas en mi mente y mis humores.

Martha en cambio se inmiscuyó rápidamente conmigo. Un día estaba yo adosado a la pared, esperando con los otros de mi equipo cuando ella, al pasar delante de mí, dio media vuelta y apoyó con toda su fuerza la parte más baja de su abdomen contra el mío, gritando a los otros: “¡Miren, miren!”. Habría pasado yo por un tonto o un anormal ante los demás si no evidenciara que comprendía este llamamiento sin ambigüedad.

El día siguiente salía yo del trabajo a las 11 de la noche. Martha y yo nos citamos a la salida del personal. Llovía. La Plaza de la Concorde, cercana, nos ofrecía la cubierta de sus arcadas. Apenas al abrigo me apretó entre la pared y su cuerpo, sacudiéndose de abajo arriba en febril movimiento. Apenas había tomado conciencia de la situación cuando se dobló su rodilla y en un suspiro se le escaparon de las manos su paraguas y su bolsa.

Todavía seguimos con una relación esporádica con momentos de éxtasis cuando me recibía en su departamento en la ausencia de su novio, donde me pedía con insistencia que le pellizcara con los dientes la punta de los senos.

Así eran las cosas cuando una vez, en el hotel, en la tarde a la hora de irnos, no sé por qué azar, interrumpieron en nuestro vestidor ambas, Silvana y Martha. Estaba yo sentado en la única silla del lugar y los demás parados. Volvió a empezar el ritual de Silvana y yo solo miraba el busto desnudado de Silvana y la reacción de las dos. Martha veía la escena sin más, impasible en apariencia. No sé lo que pasó en mi mente, con brusquedad agarré a Silvana de una mano, la hice sentarse a caballo sobre una de mis piernas; con la otra mano agarré a Martha y la hice sentarse de la misma manera sobre la otra pierna, introduje mi mano dentro de su blusa y sostén, y con una mano en el seno de Silvana y la otra en el de Martha, me lancé a manipular y gozar de esos suaves y eróticos bustos sin que ninguna de las dos mujeres se opusieran. No se movían, pegadas a mis piernas por la excitación que yo me encargaba de convertir en un deseo aún más intenso.

Tenía yo que ir a preparar la cena para mi esposa y para mí...

--¡Ándenle, vámonos ya!

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