--Buenas tardes querido.
--Buenas tardes… ¿Cuánto?
--100 francos.
Tenía justo un billete de 100.
--Bueno.
--Sígame.
Percibiéndolas de lejos siento surgir en mi quinto miembro esa particular picazón precedente a una imprescindible necesidad de satisfacer lo que requiere y que no llega de la vejiga.
Tuerzo a la derecha. Pasado un bistro, una puerta estrecha de una habitación lúgubre, con papel tapiz de ningún color, una cama, una mesita, dos sillas.
Se acerca a una pared, la que la separa del bistro.
--Ven.
Como no me movía me preguntaba yo por qué tenía que ir contra la pared.
--¡Ven aquí!
Obedezco…
Estamos de lado contra la pared, me baja el pantalón a medio muslo, luego el calzoncillo, surgió bien duro el pito, me lo agarra, el pulgar por encima, el índice firme por abajo y siempre presionando hace deslizar su mano lentamente del tronco a la punta. Aparentemente satisfecha quitó la mano, se enderezó.
--Ven…
Se dirigió hacia la cama, yo detrás, sosteniendo mi pantalón por debajo de mi erección.
Al llegar a la orilla de la cama:
--Por detrás es mejor –me lanza.
Se pone de rodillas sobre la cama y se arremanga su falda. Apareció algo color blanco yeso, flaco, como pelota medio desechada, definitivamente abandonada.
Empecé a introducir la punta de mi pene pero de repente, al ver este panorama tan triste, se me vuelve blando y se contrae.
--¿Has tomado?
--No.
Me largué corriendo sosteniendo mi pantalón con las manos.

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