Trabajaba en los servicios interiores de un banco en los Campos Eliseos.
Arriba, en Menilmontant, vivía en un gran departamento, en un edificio de piedra lisa que pertenecía a su tío, quien viviendo en provincia se lo había prestado a ella y su hermano. El hermano había sido prisionero de los alemanes cuando en 1940 iniciaron la ofensiva, y Marcelle vía sola en el lugar.
Ahí venía yo cuando podía a pasar un rato o una noche con ella.
Mil novecientos cuarenta y cinco, ¡maldita victoria de los aliados!: el hermano liberado regresa. En ese momento trabajaba yo en el aeropuerto alternativo, una semana por la mañana, la siguiente por la tarde. Como el hermano había hallado su propio trabajo, muchos días por la mañana Marcelle estaba sola y libre.
Estaba convenido entre Marcelle y yo, por mayor seguridad, que debía poner un trapo blanco a la reja de la ventana si realmente estaba sola. Poco a poco nos atrevimos: cuando sabíamos que su hermano estaría fuera del departamento durante gran parte de la noche, me invitaba, y a la mañana siguiente ella se levantaba como cada día para desayunar con él mientras yo me quedaba escondido debajo de la sábana: ¡prohibido toser… prohibido estornudar!
Un día me anunció: “Un amigo de mi hermano va a venir a pasar tres semanas de vacaciones con nosotros. No podrás venir aquí.
--Claro, claro. Te llamaré a tu oficina para citarnos a tomar un café a la hora del almuerzo. Tal como lo dijimos se hizo hasta que, después de unos quince días, sin preámbulo, sin huellas de emoción, me lanzó:
--Voy a casarme con el amigo de mi hermano y al final de la semana me marcharé con mi marido al Senegal, donde él trabaja.
Golpeado de lleno bajo la línea de flotación, ni me estremecí: tantas veces yo había eludido su propuesta de vivir juntos que un “…bueno” fue mi contestación. Muchas veces, llena de humillación, con una voz apenas perceptible, como una muchacha que viene a confesarse para que no se le reprenda, me había pedido: “Quédate conmigo”. Y yo, por toda contestación, había hecho oídos sordos.
Le regalé un bonito bolso para que lo llevara a la ceremonia de su casamiento, y tras un beso en la mejilla la vi desaparecer en la escalera del metro sin dar ella una sola vuelta para mirarme.
De un día para el otro perder así casi siete años de un afecto recíproco, de un amor tan peculiar, me dejó como si le ocurriera a usted.
Dos días después sonó el teléfono del bar del aeropuerto.
--André, es para usted.
--Aloh…
--¿André?
--Sí…
--Estoy en un hotel de Marsella, oh ¿dónde está la delicadeza de mi chico con pijama azul?
Un silencio.
--Nos marchamos mañana a Dacar.
--Escríbame.
--Llega mi marido.
--Sí.
Se cortó la comunicación. Colgué.
Desorientado, trastornado, estaba tan aturdido, asombrado, abatido, deprimido, que justo entonces me quité la chaqueta blanca, la corbata de mariposa negra y dejé el bar del aeropuerto definitivamente.
Luego recibí una dirección y así nos comunicamos durante unos siete meses. Un día una carta terminaba con: “No me escribas más”. Sin más explicación.
El mismo le mandé una carta. Sin contestación, desesperado, pasaba mi tiempo libre errante en París a la búsqueda de lugares donde felices habíamos estado los dos gozando de nuestro amor. Esta clase de amor perdido me llevó unos meses después a participar en algo que todavía me resulta incomprensible.

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