Charlie

Murió hace 15 años. Durante cuarenta y cinco años fue mi más querido amigo. Su pareja, que acabó su vida activa como “Premiere” en una casa de alta costura del Fauborg Saint Honoré. Había muerto tres años antes; fue esta pérdida el origen del propio fallecimiento de Charlie.

Los conocí jóvenes y siempre fieles el uno al otro. Charlie leía mucho. Es él quien me hizo conocer a Celine, y su verdadero nombre, Louis Ferdinand Destouches, cuya primera novela “El viaje al cabo de la noche”, libro poco conocido fuera de Francia creo porque es casi imposible de traducir en el vocabulario crudo del autor. A Charlie como a mí nos gustaba hacer resaltar lo absurdo cada vez que se presentaba. Fue así como nos hicimos lectores de este escritor.

De vez en cuando venían Charlie y su esposa a comer a mi casa, y mi esposa y yo a la suya. Su casa estaba compuesta por una habitación, una co-ci-ni-ta y un wáter aún más “i-ti-to”, tanto que la pasábamos en grande cuando escuchábamos el “¡bum!” de la cabeza del ocupante al ir contra la puerta en el interior del baño, mientras Charlie exclamaba: “¡Ya está hecho!”.

Los “Charlie” obviamente no nadaban en el oro, durante años habían ayudado a dos nietos huérfanos que ahora ni siquiera los venían a visitar.

Nosotros llegábamos a su cuarto tras almorzar, para irnos después de la cena, habiendo pasado horas jugando a la Belotte, juego de cartas muy familiar conocido de todo mundo en esta época y que no requiere nada más que suerte y muy poca estrategia, lo que permitía a Charlie seguir contando sus historias, siempre un poco raras, mientras jugaba.

Los últimos años de su vida los pasaron en el departamento de mi suegra —ella también difunta— que mi esposa les prestó sin cobrarles alquiler.


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