Entro. Varias puertas cerradas, detrás de una se oye hablar. Toco. La voz se interrumpe por un “¡Adelante!”. La voz vuelve a su anterior charla. Estaba un hombre solo con el teléfono a la oreja. Al colgar levantó la cara interrogativa, mirándome. Le solté mi currículum. Me escuchó sin cortar mi discurso.
--La compañía tiene la concesión del bar del aeropuerto de París al Vourget, ¿le interesa?
Decepción de mi parte, pero curiosidad.
--¿En el aeropuerto? ¡Sí señor!
El bar, toda una sola sala extensa al piso bajo, con una pared y puertas de vidrio que dan directamente a la plataforma de embarque. Entre cada puerta, que corresponde a un vuelo cada una, un grueso cordón y bancos. Lo demás del gran espacio, ocupado por mesas y sillas para los pasajeros que quieren consumir sentados. Al fondo el bar, siete, ocho metros, y al fondo nosotros, cuatro con chaquetas blancas y corbata de mariposa para atender a los pasajeros que han optado por beber sobre mesillas de pie y conversar un poco con los barmen sobre la diferencia de horario, del clima, del valor de cambio de las monedas.
Las propinas acababan en un cajón del bar para ser repartidas entre los del equipo. Cada uno trataba de atraer lo máximo, para lo cual tenía su propia técnica según su propia personalidad. Un barman alto y fuerte había, no sé por qué, pasado unos años en la Legión Extranjera. Tal vez por eso él se comportaba con cierto estilo de anormalidad.
Era él quien hacía el reparto de las propinas. Eso lo hacía honestamente, pero curiosamente. Por lo general había bastante dinero. Sacaba el cajón de su sitio y lo vaciaba echando todo su contenido en el parquet tras la barra del bar y, empezando por los billetes de más valor, formaba tres montoncitos.
Este hombre tenía una técnica particular para llenar el cajón, que yo rechazaba por deshonesta, pero él la hacía con tanto virtuosismo que yo no podía refrenar mi admiración por su destreza. Primero, de manera afable, preguntaba al cliente su destino; conocíamos todos los horarios y él entretenía la conversación hasta llegar al anuncio del embarcamiento.
--¡Oh, señor, es su vuelo! Nos debe tanto…
El cliente se ponía un poco nervioso y, por no perder tiempo buscaba en monedas el valor que se acercaba al precio, sacaba enfebrecido de su bolsillo un billete más valioso por el cual mi colega tenía que devolver el cambio.
--¿Cuarenta francos de quinientos?: cincuenta, cien, doscientos y “vea usted el reloj”… No le quedan más que ocho minutos.
Aún más nervioso, el cliente obedece y levanta la cabeza hacia el reloj de la sala y mientras…
--Trescientos.
Pero en ese preciso momento el billete, en vez de caer con los precedentes, por un pasa-pasa rápido revolotea hacia el interior del bar.
--Cuatrocientos y quinientos. Muchas gracias, señor, y buen viaje.
El cliente, apurado por el poco tiempo que le quedaba, tomaba todo su cambio y se lo embolsaba sin verificar, dejando además propina, y se iba corriendo.
Yo tenía que participar en el esfuerzo general. Nunca en mi vida robé un centavo a un individuo, pero quitárselo a una empresa con capital de siete cifras pensaba que sólo era recuperar un poco del deficiente salario que me asignaba. Acá el cliente tenía que colaborar un poco.
Los meses que había pasado en la escuela hotelera me sirvieron. En el bar se vendían platos fríos compuestos con verdura, jitomates, jamón, etcétera. Los teníamos que preparar nosotros mismos. Mis compañeros no los proponían al cliente. Daban demasiado trabajo. Yo sí, siempre. Con los clientes que lo deseaban copiaba la técnica del otro barman: “¿A dónde va usted?”. Así sabía de cuánto tiempo disponía el cliente.
--Sí señor. Le sobra tiempo. Voy a preparárselo yo mismo. Y se lo traía cuando sabía que no tendría el tiempo de acabarlo.
--Señor, señor, están anunciando el embarque –le apuraba mientras le presentaba la cuenta y recogía el plato con lo que quedaba de comida.
Después de conseguir un resultado en tres o cuatro operaciones similares, tenía la posibilidad de confeccionar otro plato que, entonces, presentaba con una factura falsa cuya suma iba al cajón común.
A otro le tocaba la sala. Su aparato para ganar más dinero era un mostrador en el cual se exponían cajas de bombones de chocolate. Hay que recordar que el fin de la guerra no estaba lejos y que el chocolate todavía era escaso en Europa y, sobre todo, en Inglaterra. La mayor parte de los viajeros era inglesa.
En el mostrador se veían cajas de chocolate de tres tamaños. Él, con mucho discurso, en un inglés aproximativo, haciendo pasar delante de los ojos del comprador las distintas cajas, trataba de vender una pequeña al precio de una mediana y la mediana al precio de la grande.
El último era Charlie. Metro cincuenta y tres de altura, corriendo de mesa en mesa, no vendía más que verborrea. Se quedaba a platicar con los clientes contando eventos reales o no, haciendo chistes con sonrisas y grandes ademanes. Con total elocuencia, llena de gracia, atraía las propinas más elevadas entre todo el grupo. Era nuestro payaso y buen alimentador del cajón, gracias únicamente a su espíritu.
Charlie fue mi amigo hasta su muerte.

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