Otra vez el Ritz

El chef del restaurante se volvía más y más desagradable conmigo. No sólo nunca me había propuesto un trabajo en las suites, sino que además aumentaban las humillaciones, hasta una reprimenda completamente injustificada que olía a un “no quiero verte más”. Lo entendí así y en medio del almuerzo bajé al vestuario a cambiarme y marcharme para siempre.

Era verano y la clientela más numerosa. Final de octubre, disminuyó la clientela de manera importante. Se despidió a Marcelle sin razón. Vi en ello una relación. Y la relación era nuestra relación, entre ella y yo. Y la connivencia entre dos desgraciados por naturaleza, la fea arrugada lavadora de copas y mi desventurado e infeliz primer maitre de hotel, a quien la vieja reportaba todos los chismorreos que oía en el área del anterestaurante.


De nuevo había que buscar con qué pagar el alquiler:

  • Una brassería, pequeño restaurante de comidas frías, cuya clientela era tan desagradable y presumida que después de la primera comida anuncié que no vendría a trabajar para la cena.
  • Un bar a coctailles, cerca de la plaza de L’Etoil, donde está el Arco del Triunfo. Conocía poco de la elaboración de cocteles, pensaba aprender; después de ocho días de lavar vasos y copas, dimití.
  • Hotel Palaise Royal: chef d’etag: pero de noche. Un mes sin conseguir dormir de día. Y de noche pulgas en el canapé de reposo del cuarto del chef d’etag.
  • También en la suite del Hotel Grillon, en la Plaza de la Concorde. No recuerdo cuál fue la razón por la cual rápidamente renuncié.
  • Barrio de la Ópera, restaurante discreto, moqueta al suelo, colgaduras en las paredes, restaurante para hombres de comercio. Comida para el personal cada día, caballas a la plancha con puré de chícharos secos: un año sin vomitar.

El mes de junio se acercaba. Solía mi esposa irse de vacaciones ese mes. Le había enseñado los rudimentos de la gramática española y ella había practicado la conversación en Berlitz.

Teníamos una moto BMW 750 centímetros cúbicos, usada, del ejército alemán, y todo listo para un largo recorrido en España. Exigió mi esposa que lo hiciéramos. Adiós las caballas a la plancha, el puré verde y seco,¿y Marcelle qué? Por primera vez le mentí: que estaba harto de la comida del restaurante y que había firmado un contrato con la agencia de viaje española Melliá como acompañante en un autocar de turistas. No sé si me creyó, pero hizo como si así fuera. En todo el mes no pude mandarle más que una única tarjeta postal. Nunca me cuestionó. Redoble de atención, de delicadeza.


España no había cambiado: las carreteras aún peores, el guardia civil que te acompaña al cuartel, escasez, cuanto más al sur mayor escasez encuentras.

--¿Qué quiere? ¿Mantequilla? ¿Dónde? Oh, no sé, tal vez en la pastelería.

--¿Agua? No tenemos más que la de lluvia en la cisterna.

--¿Bistec? Sí señor –lo malo es que siempre era de cabra.

--¿Gasolina?, del otro lado de la sierra. Son unos 30 kilómetros.

Recorrimos ni siquiera la mitad de lo previsto. Tan pronto como regresamos compré el diario y leí las ofertas de empleo.

“La compañía de coches cama recluta personal con conocimientos del inglés”.

Corrí a la dirección indicada. ¡Inesperado: servir desayunos, comidas y refrescos en el tren!

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