Ya lo dije, con un año más que yo, debes alcanzar los 91. ¿Estás aún sobre la Tierra? ¿Y podrás consultar Internet? Y además, ¿escucharás jazz? Aunque un día, acuérdate, sentados en un banco del parque del Palacio Real, sacaste de tu bolsa un papelito donde habías apuntado “I cant give youth anything but love”. ¿En dónde encontraste el título de esta composición de Dorothy Fields y Jimmy McHugh? No me lo dijiste y no te lo pregunté.
Durante estos siete años no te hice una sola pregunta acerca de lo que había sido tu vida antes de conocerme y tú sólo mencionaste que tu padre perdió la vida en la guerra, y que tu madre se había casado nuevamente. Desde el primer día de nuestras conversaciones yo había mencionado las palabras “mi esposa”. No pareció importante para ti ¡y sin embargo!...
Tres o cuatro veces a la semana, siempre viniste a esperarme a la puerta de personal del Ritz. A la tercera vez, de regreso a nuestras casas, medio escondidos entre los árboles del cementerio por la claridad de la luna, compartimos con excitación el primer beso, que fue, como decimos en francés, “con la boca en culo de gallina”, con los labios muy estirados... ¿Ya observaron ustedes “culo de gallina”?: un agujerito prominente y apretado que hace que, cuando la gallina pone, digamos que canta pero en realidad grita de dolor pues el huevo es más grueso que el orificio.
En realidad, en este primer beso dejamos bastante apretados nuestros labios. Algo de timidez nos detenía. A los tres días nuestros labios se hicieron más blandos, pero en medio de un sentimiento de respeto y culpa mutua, nunca se abrieron nuestras bocas. Del otro lado, también, un deseo de quedarnos en una amistad, un afecto nos animaba sin querer pensar en el futuro.
Tu pudor, Marcelle, tenía como en flor tu delicadeza. Recuerdo que algunas veces fui a verte sin prevenirte. Llevabas zapatos con tacones, pero cuando venías de paseo conmigo llevabas unos sin tacones; nunca hice comentarios acerca de ello, tú tampoco.
El verano se acercaba con nosotros siempre la mano sobre la mano, y nuestra parada debajo de nuestro árbol favorito.
Amigos de mis padres los invitaron a pasar unos días con ellos en su casa de provincia. Se lo mencioné a Marcelle en una conversación, pero pareció no hacer caso. El día siguiente, tímido, le dije:
--¿Sabes? La semana próxima estaré solo en casa.
No hubo contestación.
Otro día más:
--¿Marcelle? ¿No te gustaría pasar por mi casa… una noche?
--¿Estás seguro?
--Sí. Mañana se van.
Me parecía tan púdica, temerosa. No me atreví a insistir. No había dicho no, había esperanza.
A la salida del hotel la vi con una pequeña bolsa de viaje en la mano en lugar de su bolso.
--¿Qué llevas allí?
--Mis cosas. Mi camisón. Contestó tranquilamente.
Le di un beso y tomamos el metro en dirección de mi casa familiar vacía.
--Aquí está mi recámara de estudiante –le indiqué, eludiendo su uso actual—Entra, yo voy a la habitación de mis padres a cambiarme. Llámame.
Estaba acostada boca arriba, la sábana hasta la barba. Al levantar esta vi un camisón austero de color indefinido, el cuello atado con un cordoncito. Me acosté a su lado igualmente boca arriba y subiendo también las sábanas hasta mi boca. Encontré su mano. La tomé. No la movió. Por precaución uno por uno le moví sus dedos. Me dejó hacer sin reaccionar al principio, y luego poco a poco acarició los míos. Me puse de lado y guardando su mano en la mía coloqué la otra en su hombro. No se movió. Deshice el nudo del cordoncito preparándome a abrir en grande el cuello de su camisa. Sin una palabra, de repente me agarró el brazo y me lo echó por detrás y ella misma se desvistió hasta la cintura y, siguiendo por debajo de la sábana, quitó ella misma completamente su camisón.
Les conté en una sola frase al principio de este blog que mi educación sexual había consistido en dejar a mi alcance durante 15 minutos una revista de fotografías en sepia de mujeres semidesnudas, cubiertas con vestidos de muselina apenas transparente. Había sido criado como un canario en su jaula al centro de la selva. Mi esposa también.
Lo que ocurrió es que el señor azar colocó las dos jaulas una muy cerca de la otra. Fue así como pudimos contarnos maravillosas canciones en las cuales las palabras voluptuosas, libidinosas, eróticas, no figuraban. No las conocíamos. No las pusimos en práctica.
En esta primera noche con Marcelle, cuando poco a poco, con mucha dulzura, empujé mi cuerpo sobre el suyo, y decidí deslizar la mano de sus hombros hacia uno de sus senos, me sorprendió ella al gritar con violencia: “¡No me toques!”.
De naturaleza mansa, había sido educado para no hacer preguntas cuando se me ordenaba algo, me quedé callado y aproveché, sin tocar, sin acariciar, el bonito cuerpo de Marcelle.
Vean qué bobo estaba, y cómo tampoco me sorprendió que ella pareciera satisfecha y, sobre todo, agradecida, de este coito sin que ella hubiera expresado ninguna apariencia de orgasmo.
Casi siete años así me has querido, Marcelle, me has acogido en tu departamento; me has pedido muchas veces: “quédate conmigo esta noche”, sin que pudiera satisfacerte.
--Perdóname Marcelle, pero, ¿por qué? No me explicaste.
Pasaron años y años y llegué ya a una edad madura, donde ha cambiado la sociedad, los medios, y un día, leyendo en el periódico un caso similar, pensé en ti. Durante algunos años, jovencita, habías sido constantemente violada por el segundo marido de tu madre.

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