Como no tenía ella anillo, pregunté de manera afirmativa:
--Tiene usted un novio.
--No.
--¿No?
--No.
Se marchó.
--Se fue… ¿Por qué? Se fue…
Sentí que no quería dar más información.
Unos días después, de manera un poco brutal me anunció:
--Bernard me preguntó si me gustaría ir de paseo con él por la tarde.
Bernard era también un ayudante del restaurante más o menos de mi edad. Era alto y guapo.
Yo siempre había tenido una imagen fea de mi persona. La noticia no me sorprendió pero sí que me mortificó duramente.
No pude impedirme preguntarle:
--¿A dónde fueron?
--Dimos un paseo por París.
La contestación era evasiva.
Tanto me atraía esta señorita que sin pensar seguí portándome con ella como si este suceso no hubiera sido nada más que un mal sueño. Gané, gané tan fácilmente que luego pensé que ella había aceptado y, sobre todo, me había enterado de ello con la meta de provocar una reacción de mi parte.
Si me acuerdo bien, pasaron varias semanas sin que nos atreviéramos a darnos un beso. Parecía feliz de pasear y sentarse conmigo en un banco, y como yo no le había ocultado que estaba casado yo no tenía vergüenza ni culpabilidad de tomar la iniciativa.
Por fin decidimos que sería más agradable que viniera por mí a la salida del trabajo a las nueve y media de la noche para una caminata juntos antes de regresar cada uno por su lado a su casa.
El claro de luna es maliciosamente poético, sedicioso para los enamorados. En la semioscuridad, por debajo de un árbol del cementerio del Pere Lachese, suavemente, con dulzura se rozaron nuestros labios.

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