Bajo su dirección, España vivía en total autarquía. Su neutralidad oficial durante la guerra, a pesar de ser de ideología fascista, le había dejado aislado del resto de Europa. La frontera con Francia la forma la sierra de los Pirineos. Después de kilómetros llanos, de repente, sin prevenir, la carretera se eleva, sube más y más, demasiado para Terrot cargado con mi esposa y yo, además de nuestras mochilas, dos enormes bolsas de cuero, una de cada lado de la rueda trasera, la tienda en el portaequipaje.
A quince kilómetros por hora el motor, ahogado, humeando, conquistó la cresta de los Pirineos. Cien metros bajando la primera curva, ya en España, aparecen tres hombres vestidos de verde con kepi de cartón negro, con alas de cada lado: la guardia civil.
--¿A dónde van?
--A Pamplona.
--No. No pueden ir vestidos así.
Miré a mi esposa con el pantalón corto, bien relleno con sus muslos color blanco lactoso, una camisa western con rayas y cuadritos rojos y amarillos, el cuello cerrado con una cuerdita pasando por ojales de cobre, calcetines de lana gruesa, zapatos de montaña. Y yo exactamente igual, a excepción de mis piernas de avestruz.
Habíamos seleccionado y elegido juntos, cuidadosa y amorosamente, nuestro “ensemble” en París.
--¡Pónganse algo! –nos dijo el guardia apuntando el índice hacia los muslos de mi esposa.
Había puesto en el equipaje dos pantalones azules de mecánico, sucios, con grasa, por si acaso llovía o caíamos. Tuvimos que ponérnoslos por encima del short.
De la carretera, que había estado asfaltada alguna vez, quedaban algunas placas en buen estado de cuando en cuando, socarronas, burlonas con el viandante.
A la entrada de la aldea una casa con un letrero encima de la puerta: “Posada”.
--Buenas tardes, señora. Quisiéramos comer.
Nos vio en el extravío, ridículos.
--¡No! ¡No tengo nada!
Luego cruzaba la carretera una vieja con su asno cargado de cada costado con jarras de agua. Subía el cerro hacia Dios sabe qué otra aldea.
Después un hombre un caminando. Nos paramos.
--Buenas tardes, señor. ¿Conocerá algún lugar donde podamos comer?
--En el próximo pueblo sí. Tengo amigos, incluso para dormir. Cerca. Tres kilómetros.
Para nosotros tres kilómetros andando no nos parecía cerca. Propuse a mi esposa que el señor viniera conmigo en la moto.
--Tres y tres son seis. Dentro de un cuarto de hora estaré de regreso.
¿Pueblo? Más bien “pueblito”. La casa tenía arrugas, la señora no.
--Les preparo un conejo de los montes.
--Gracias, voy por mi esposa.
En la mesa nos puso dos platos con medio conejo en cada uno. Como no comíamos…
--¿No les gusta?
--Sí señora pero, ¿no tendría un cuchillo por favor?
--…sssí…
Y nos puso en la cama el mismo cuchillo con que había cortado en dos partes del conejo. No había otro en la casa.
Pamplona, catedral gótica, iglesias de transición entre el románico y el gótico y murallas.
--Debiéramos mandar una postal a nuestros padres.
Muy pocas postales en el estanquillo, elegimos dos.
--Señora, dos sellos para Francia, por favor.
Mientras nos servía nos miraba.
--¿Están ustedes con el circo?
--¡No!
Para ella, con tales vestimentas, no debíamos ser nada más que cirqueros.
El estado de las carreteras nos convenció de acortar el itinerario previsto y otra vez nuestra máquina asmática subió trabajosamente las pendientes hacia arriba que iban a la frontera natural con Francia para dirigirnos a París…
Decidimos deshacernos del Terrot.
Mi esposa:
--No volveré a España antes de hablar español.

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