Un día decidimos ir con este aparato hasta la ciudad de mi abuela a pasar una noche con ella en su casa. Mala idea. Nos costaba mucho más esfuerzos que si cada uno llevara su bici. Rápidamente nos deshicimos del “Tandem”.
Luego vino la época del camping. En una revista especializada en deportes de aire libre vi una tienda de campaña pequeña con “velum”, una capa de tela interior a lo largo de toda la tienda para guardar el calor interior. Compré una y los instrumentos necesarios para comer y dormir. La usamos varias veces con gusto hasta que una noche gotas de agua nos cayeron en la cara: llovía y la lluvia se infiltraba entre las costuras de la tela. Nos deshicimos de la tienda.
Nos compramos un “Tandem Derny”, que venía equipado con un motor. Agregando la fuerza de nuestros muslos a la del motor se podía alcanzar los 70 kilómetros por hora. Llegó el tiempo de las vacaciones.
--¿No te gustaría —pregunté a mi esposa— dar una vuelta en el centro de Francia, unos 15 días durmiendo en los hoteles?
Estuvo de acuerdo.
En dos días alcanzábamos Clermont-Ferrand. Dos días de reposo y atacábamos el macizo central. A finales de la primera semana, en una subida se rompió la horquilla delantera del Tandem. El mecánico más cercano nos hizo una soldadura; tranquilamente regresamos a París. Cambié la horquilla por una nueva, que también se rompió. Puse otra nueva y nos deshicimos del Derny.
De mayoría negra, el ejército de EU nos trajo el jazz. Las primicias del bebop ya se podían escuchar al otro del Atlántico pero los soldados de origen plebeyo todavía preferían el jazz Nueva Orleáns. Fue este último el que se propagó en Francia, en particular en París. Radio, discos, inundaron el espacio sonoro de la juventud. Grupos de músicos de jazz franceses se formaron y tocaron por doquier.
Frecuentábamos mi esposa y yo un café de estudiantes en el barrio latino que el dueño había transformado en una sala de baile con un estrado al fondo para los músicos. Todos los jueves por la noche tocaba un quinteto francés de dixieland. No tardé yo en aprender a bailar el jitterbug y en entrenar a mi esposa en casa, delante de la cama, para perfeccionar nuestras figuras un poco acrobáticas. La cama resistió pero no dos grandes espejos. Y por fin nos impusimos como la pareja semiprofesional encagada de volver a calentar el ambiente en la sala de baile. Cuando era necesario. No pagábamos ni la entrada ni la bebida.
En la sala había pocas sillas, pocas mesas; todo el sitio estaba reservado al baile y, bailar, lo hacía una sola pareja a la vez. Las demás, formando círculo alrededor, mirando, admirando, criticando. Cuando una de las parejas del círculo pensaba que la que bailaba había agotado todas las figuras de su repertorio, sin decir nada se lanzaba a la pista para hacer su número de exhibición, mientras la otra pareja, de buena voluntad se retiraba e iba a la mesa donde había dejado sus vasos. Desgraciadamente estos a menudo habían sido vaciados durante el número. Nunca había pelea. Era el ritual.
Trabajar, bailar una buena parte de la noche y caminar —no teníamos dinero para un taxi— atravesando la mitad de París para dormir. Unos meses así y nos cansamos. Dejábamos el uniforme, pantalón de terciopelo y tirantes de cuero que entre la gente madura nos hacía reconocer como los “zazou”, “los que querían ser distintos”, lo cual era común para los jóvenes. Bastaron sólo seis meses así.
Se acercaban las vacaciones. Nos compramos una motocicleta marca Terrot, 250 centímetros cúbicos.
--¿Y si nos vamos de vacaciones a España?
El armisticio había sido firmado y a partir de ese momento de ir a ese país no se me quitaba. Había probado mi conocimiento del inglés, luego el del alemán, me urgía saber cómo sería el del español.

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