El Ritz

Cara malas a causa de no sé cuál infección o disgusto frente a su porvenir, sentado en una silla de paja coja, detrás de una mesita esquelética, con unas hojas de papel en desorden, el encargado no desentonaba con el medio ambiente de la estrecha habitación que, desde luego, había sido blanco alguna vez. Era el sindicato de la hostelería. Chasco y desengaño por mi parte --que iba ahí para obtener un oficio en uno de los grandes palacios parisinos-- delante del lamentable conjunto: ¡blofff!

--Antiguo alumno de la Escuela Hotelera de París. Hice prácticas en varias hoteles de estaciones baleares, interrumpido por la guerra como “refractario”. Trabajo actualmente en los pisos del Príncipe de Galles pero el salario es muy bajo; hablo inglés, alemán y español y busco trabajo en los “pisos”.

--En los pisos no tengo nada. Pero se me pide un ayudante para “chef de rango” en el restaurante del Ritz. Si le interesa puede ir a ver.

El Ritz, el más famoso de París y del mundo. Pensé en mi currículum.

--Sí señor, creo que me interesa. Me comunicaré con usted.

La entrada del Ritz está en la plaza Vendome. Me interceptó un señor alto, vestido como un general en día de fiesta nacional.

--La entrada del personal está detrás, en la calle Cambon.

En la calle Cambon también hay un guardia. Habla por su teléfono.

--Espérese aquí. Va a llegar el primer maître d’hotel.

El salario era más o menos igual, pero no era mi motivación. Nos pusimos de acuerdo.

--Los ayudantes del restaurante llevan un “rondin”. ¿Tiene uno?

No tenía. En el Príncipe de Galles llevábamos un frac.

--No.

--Entonces le doy la dirección donde comprar uno; puede empezar mañana. Tendrá que presentarse aquí mismo a las diez y media.

No les voy a describir las entrañas del Ritz. Solamente les diré que interiormente hay fronteras, recintos virtuales; cada uno trabaja en su sitio: los del bar en el bar, los de recepción detrás de la barra, los del restaurante en el restaurante, etcétera. No nos conocimos. Casi nunca nos encontramos.

La cocina está en el subsuelo, inmensa, con un rincón para cada “partie”, lo del pescado, lo de la verdura, lo de los guisados a la parrilla, cada uno con su chef y ayudante. El Chef no cocina, como un comandante está en su oficina de vidrio con vista a todos; baja a la barra caliente únicamente durante las comidas para echar un ojo a cada fuente que un cocinero entrega a un mesero.

Los meseros que bajan a la cocina son los ayudantes del “chef de rango”, y con él son los encargados de cuatro mesas.

Me tocó ser el ayudante de un antiguo, antiguo y grande de edad, a quien ya le costaba caminar. Pronto, después de un mes, habiendo visto mis capacidades, me dejaba solo a cuidar, además de mi trabajo, del suyo, desapareciendo para yo no sé qué.

Había tres maitre d’hotel, el tercero, el segundo y el primero, que era el director del restaurante, el que me había contratado. Apreció mi trabajo.

--El día que tenga un empleo libre en los pisos te lo reservaré.

Estaba en la Gloria.

Año y medio más tarde:

--Disculpe, señor. Me había hablado de que si había una plaza libre en los pisos…

Me cortó la palabra muy secamente.

--No. Veremos.

Me había atrevido a recordarle la promesa que me había dado y cambió su manera de comportarse conmigo.

Durante un año había sido el superayudante y ahora como si fuera el más malo de todos. Era de la edad de mi padre, cojeaba fuertemente, se veía amargura en su persona.

Pasadas las dos puertas del restaurante había servicios anexos, entre otros un hombre que limpiaba los platos antes de enviarlos a lavar. No tenía incisivos ni caninos en la boca; como veía que cada vez que frente a él le miraba la boca, un día me explicó:

--Mis dientes delanteros me los hice sacar para, de noche en el bosque de Boulogne (un bosque reconocido por ser frecuentado por homosexuales) poder chupar mejor que los demás.

Detrás de él había un cuartito de vidrio donde operaba la señora del café. Preparaba toda clase de cafés que se pudiera desear.

Luego los otros cuartitos. En el primero reinaba una señora enfurruñada encargada de lavar las copas. A nadie le caía bien, excepto al primero maitre d’hotel, tal vez por compartir la misma desgracia, la de padecer de un complejo.

Después estaba el cuartito de la encargada de la limpieza de la platería: tenedores, cucharas, servicios para el pescado, todo debía resplandecer al ponerlo cada día sobre las mesas. A mi llegada debía haber una para hacerlo pero no tengo ningún recuerdo de ella. Fue reemplazada por una señorita joven.

Llevaba yo más de tres años casado y no había habido mujer fuera mi esposa que llamara mi atención.

Era joven, aproximadamente de mi edad. Yo no era capaz de ignorarla, de pasar delante de ella sin una sonrisa.

La pastelería y heladería estaba detrás de la cocina. Dábamos al pastelero un vale con la fecha y el número de la mesa a cambio de lo deseado por el cliente. Se me ocurrió llevarme una golosina sin darle el papel, así lo hice con un helado que, a escondidas, coloqué en el cuartito de la joven, escapándome rápidamente.

Al día siguiente me lo agradeció y siguió una charla: nos hemos conocido. Marcelle era su nombre.

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