La economía familiar se resentía de esta situación; me urgía encontrar un trabajo. ¿Cuál? No tenía otra opción que buscar entre mis relaciones. ¿Qué relaciones? Recordé a un señor que me había tomado simpatía cuando iba de prácticas de la escuela de idiomas: Hotel Príncipe de Galles, avenida George 5, en París.
El botones se rascaba la nariz en la acera delante de la entrada.
--Buenos días.
--Buenos días, señor.
--Quisiera ver al señor Appert.
--Pregunte usted al conserje.
En esos hoteles de lujo, en esa época, el conserje era un personaje importante, hasta el director lo respetaba; debía ser capaz de responder a cualquier pregunta o necesidad de un cliente.
Le expliqué por qué y con quién quería platicar.
El señor Appert era el jefe del restaurante y de todas las comidas que los clientes deseaban recibir en las suites o habitaciones de los cinco pisos. Me reconoció. Se rió cuando le recordé que durante mi práctica me había mandado a la mesa de una antigua cliente a pelarle sus naranjas con un tener y un cuchillo sobre todo sin tocar la carne de la fruta con ni siquiera un dedo.
--Porque si no se va a enfadar y gritar que aquí en este establecimiento el personal no conoce su oficio.
Appert me ofreció un puesto de ayudante del jefe del cuarto piso: metro setenta, barrigón. Sin razón, no me atrae la gente con barriga pero me gusta expresar y recibir amabilidad. Sentí rápidamente que no recibía, a pesar de que de mi parte contestaba con una sonrisa al tono desagradable con que este “jefe de piso” corregía los pequeños errores que podía cometer un principiante joven en el aprendizaje de este oficio un poco particular, en comparación con los de un restaurante.
Ser regañado en vez de ser aconsejado poco a poco me irritó. Soy paciente. Trato de colocarme en el lugar del otro pero luego de una semana bien, a las dos semanas comencé a enfadarme y a la tercera exploté. A una de sus correcciones que consideré injusta lo mandé de paseo. No le gustó, no lo aceptó.
El hotel tenía forma de círculo. Las habitaciones estaban a cada lado del corredor, que daba la vuelta completa a cada piso.
Se quejó con el señor Appert.
--Bien, entonces en vez del cuarto vas a trabajar en el tercer.
En el tercero no tenía barriga el jefe, pero tampoco me pareció que fuera feliz de tenerme y recibirme. Nunca me regañó pero siempre se mantuvo distante, sin cordialidad. No estaba feliz. Tres meses más tarde me despedí de todos.

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