--Yo no. Me quedo aquí.
--¡Ven!
--¡No!
Escuché la puerta del departamento golpear. Mi esposa, mi mamá y, lo más sorprendente, mi papá, se iban caminando, porque no funcionaban los servicios públicos, a atravesar más de la mitad de París para, como miles de personas, acoger, aplaudir, aclamar a la División LeClerc, esperada desde hacía dos meses.
De hecho el 6 de julio por la mañana, Radio Francía de Londres (siempre perturbada por los servicios de propaganda alemanes), anunciaba: “¡El desembarco ha empezado!”.
Los franceses, a excepción de los que habían colaborado con los alemanes. Saltaron de alegría, mientras los soldados aliados saltaban por grandes cantidades sobre las minas en las playas bajo el fuego de los blockhaus que horneaban la costa. Las fuerzas aliadas tuvieron que enfrentarse a una fuerte resistencia por parte de la Wermarcht, y Radio París (alemán) afirmaba cada día victorias en la batalla de Normandía.
Afortunadamente Hitler estaba de juerga no se sabía dónde, y ninguno de los responsables militares de alto nivel se atrevió ni a localizarlo ni a tomar decisiones. Mientras los paracaidistas caían del cielo detrás de las defensas alemanas. Así, el 25 de agosto habían entrado en París, por la puerta de Orleans, esa División a la que mi familia acudió a ver. En realidad fue la “Nueve”, ciento cuarenta y cuatro soldados españoles que, audazmente, con unos pocos carros de combate entraron en primer lugar por la puerta de Italia para reforzar a los miembros de los “FI” (Fuerzas Francesas del Interior) e hicieron prisioneros a todos los del Estado Mayor alemán.
Se dice que hubo 11,000 prisioneros alemanes. Por mi parte vi encuadrados por soldados franceses pasar por el Boulevard Voltaire a un grupo de unos ciento cincuenta, todos de cincuenta y tantos, con uniformes viejos y sucios. Se veían tan miserables que de entre la muchedumbre aglutinada en las aceras no se oía más que un total silencio. No odio, no apariencia uraña hacia ellos. Todo un comportamiento de pueblo civilizado. Por otro lado, sentada sobre una silla rodeada de muchos hombres hilarantes, una señora joven a quien el peluquero del barrio lavaba la cabeza públicamente, como muestra de repudio por haber follado con alemanes.

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