El paracaidista

Durante la ocupación, ya en París, mi esposa y yo solíamos almorzar los domingos en casa de mis suegros.

--Van a tener una sorpresa --nos previno en la puerta mi suegra--, pero no hablen nunca a nadie de esto.

Ya sentado en la mesa, mirándonos entrar, sin pronunciar una sola palabra, un hombre alto, mal vestido.

Mi esposa y yo:

--Bon jour.

Contestación: un ademán con la cabeza.

No habla francés, murmuró mi suegra. Es un aviador americano.

Intercambiamos sonrisas. Ni siquiera en inglés querían que habláramos. ¡Claro, los vecinos…!

En cada ciudad, después de la Primera Guerra Mundial, había una representación de los antiguos combatientes tutelada por el gobierno. Para ello había un sitio de reunión, muy a menudo en un café. Allí volvían a encontrarse los nostálgicos de la camaradería en las trincheras. Mi suegro frecuentaba la de su distrito. En una de esas reuniones, uno de sus compañeros de combate lo jaló de una de sus mangas hacia un rincón:

--Te voy a hacer una confidencia, pero guárdala bien. Es muy peligroso. Escucha. Mi esposa y yo somos un elemento de una cadena de evasión de los aviadores americanos caídos vivos en el suelo francés. Ya tengo uno en casa. Me mandarán otro. No puedo alojarlos a los dos. Tú me dijiste que tu hija casada ya no vivía con ustedes. ¿Te estorbaría tomar al nuevo? Se quedan unas semanas y recibes un mensaje para acompañarlo a otro sitio en dirección de la frontera española.

Mi suegro no podía rehusarse.

De vez en cuando salía de su jaula. Mi esposa y yo, el domingo por la tarde, llevábamos a este hombre a dar una vuelta por el bosque, muy cercano a Vincennes. Estaba convenido que si encontrábamos a alguien conocido presentaríamos a este pobre e inmenso hombre con pantalones que dejaban ver la mitad de sus pantorrillas y las mangas apenas debajo de los codos, como un tío mudo alojado en un manicomio.

Mi suegra solía visitar a la familia que les había entregado el “bulto” y un día, horrorizada, vio la puerta de esa familia cerrada con un sello “requisado por la Gestapo”. Regresó a su casa sin poder detener una diarrea, nos contó después.

Terminada la guerra supimos que el padre y la hija amigos de mis suegros acabaron su vida en Dachau y sólo la madre sobrevivió. Nunca habían revelado la dirección de mis suegros. La cadena rota. Un año se quedó el tío oculto detrás de un impermeable silencio. Llegó el mensaje.

En 1946 una carta del tío agradeciendo a mis suegros… y un diploma del gobierno de los Estados Unidos.

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