1943-agosto 1944

Agosto 44, París fue liberado. Desapareció el laboratorio Gloes. Voy a aprovechar el periodo Gloes para contarles anécdotas más personales. Allá en el laboratorio no encontré ninguna personalidad distinguible siquiera en apariencia, aunque en el último día uno nos reveló que era cabo de la policía francesa y que había dejado su puesto para no oficiar bajo las órdenes de los alemanes, y también había otro compañero que estaba aquí con identidad falsa… Tal vez muchos otros callaron su situación.

El químico director de Gloes tenía que entregar su producción al régimen nazi, y a la vez ayudaba a esconderse a franceses en situación irregular. Eso ha sido la ambigua posición de una invisible pero frecuente parte de lo que globalmente llamamos “la Resistencia”, lo cual no debe pasarse por alto.

Cuando menos fueron quince meses los más duros para la población civil. Los judíos, además, tuvieron que llevar bien evidente una estrella amarilla cosida en sus vestidos, lo que hizo la tarea más fácil para después atraparlos y encerrarlos en los campos de concentración de Francia para enviarlos después a morir de hambre y maltratos en los de Alemania.

Dicho esto, vuelvo a mi propósito inicial.

Mi esposa y yo vivíamos en el departamento de mis padres, y mis suegros a un cuarto de hora caminando.

Hay que decir que, al igual que mi padre, mi suegro había pasado por la guerra del 18. Mi papá regresó antimilitarista de esta aventura; mi suegro volvió con una mentalidad revanchista, partisano del desquite y borrachín. Coincidencia: mi suegro, como mi abuelo, era zapatero. Tenía su taller en el mismo barrio que su vivienda. Por pasar más tiempo en el bistro de la esquina que en su taller, y tocar el banjo la noche del sábado y el domingo en un grupo de baile, lo perdió.

Excusa tenía. Les cuento.

En el transcurso de un combate lo capturaron los alemanes (les recuerdo que se trata de la Primera Guerra Mundial). Prisionero, siempre le atormentaba una obsesión: evadirse. Lo hizo. ¡Qué lástima! Falló. Volvió con sus compañeros prisioneros.

Testarudo, lo intentó de nuevo. Mala suerte, otra vez lo agarraron. Se lanzó un reto a sí mismo. Saltó la pared una tercera vez. No sé si ésta fue la mejor. Por reincidir le encerraron en la prisión del campo, y para poner el ejemplo a los demás lo condenaron a ser fusilado.

Lo fusilaron junto a otros tres o cuatro.

Recogiendo los cadáveres se dieron cuenta de que este todavía respiraba; bajito y con tanto terror, las rodillas se le habían doblado: había recibido una sola bala detrás de una oreja. Y vayan a saber por qué, la cruz roja se encargó de él y un hospital de suiza lo recibió. Yo veo que con lo que le había ocurrido se podía entender que viviera un poco fuera de la normalidad. Solicitó un empleo del Estado como guarda de parque.

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