El laboratorio, 1943

Mi recámara de adolescente parecía esperarme, mis padres no. Más comida qué hallar, más gastos qué hacer y un chaval de 21 años qué esconder. ¿Y por cuánto tiempo?

A pesar de todos los riesgos, al final del mes decidí dar una vuelta a la ciudad de mi abuela para recibir mis cartas de alimentación. En el piso bajo del ayuntamiento, grande, con bancas y largas ventanas abiertas, en un parquecito rodeando el edificio, se me llamó desde una de las oficinas, tenían lista.

--¿Su apellido? ¿Su nombre? ¿Su dirección? Bueno, tenga.

Repetí la operación el mes siguiente y al otro.

--No está usted en la lista. El empleado me miró, me conocía.

--Un momento. Voy a cotejar –y se dirigió a otra oficina.

Seguro yo del resultado de su búsqueda, sin tener ni arte ni parte, bajo la mirada asombrada de las otras personas, me brinqué sobre un banco, salté por la ventana y a todo correr atravesé el parque y, una vez en la calle, muy de prisa pero sin evidenciarme, otra vez me dirigí a la estación del ferrocarril a la espera del próximo tren para París, sin carta de alimentación.

¿Qué hacer para que ilegalmente pueda uno vivir y ayudar en un país ocupado por el enemigo, y preso en un departamento? Nada. Solamente personas de total confianza se podían enterar de mi presencia aquí en este domicilio de París.

--Mi pobre pequeña Polonia --se lamentaba todo el santo día la conserje del inmueble.

A ella se confió mi mamá. ¿Por qué? No lo supe, pero debía tener alguna razón.

El laboratorio Gloes estaba especializado en la extracción del yodo a partir de algas marinas. Allí, como mecánico, trabajaba el hijo de la conserje.

El yodo se usaba para las fotografías nocturnas. La administración había requisado la producción del laboratorio, así como todo el personal.

Ante la petición de su madre, el hijo de la conserje logró un puesto para mí. Estaba salvado. No me jacté de eso: iba a producir material de guerra para los nazis.

Las algas llegaban por ferrocarril del océano atlántico y, con un camión, de la estación al laboratorio.

En el puerto cargaban los vagones a tope. Llegaba a su destino medio vagón pues durante el transporte las algas se reducían por secamiento, por aplastamiento, por aglutinamiento o revueltas.

Me encargaron con otros cuatro jóvenes de trasladar el cargamento de los vagones en el camión. Parecía que todo el vagón podía vaciarse con sólo jalar un puñado de algas. ¿Han visto ustedes imágenes de esclavos negros? Casi siempre están tirando de algo muy pesado. Así estábamos nosotros delante de la puerta del vagón, mojando la camisa para sólo sacar un puñado viscoso con olor a bacalao seco.

Pasaron unos meses y un día:

--¿Tiene usted una bicicleta?

El jefe, como todos, me veían llegar por la mañana y por la tarde llegar e irme en bici.

--¡Sí!

--¿Le interesaría ser el mensajero con su bici?

No iba a rehusar. Me venía de perlas. Estaba harto de las algas.

Modifiqué mi bici quitando el cambio de velocidad e instalando un piñón fijo; me habían prevenido que de vez en cuando tendría que jalar un remolque. ¿Qué transportaba? Cargas pesadas de yodo cristalizado. Y para que no tuviera disgustos de ninguna clase, llevaba un brazalete con el sello de la Feltkomandantur, la gendarmería alemana. Por ejemplo, durante una alerta, cuando se detectaba alguna escuadra de bombarderos que venían hacia los cielos de París, nadie estaba autorizado a quedarse en las calles; yo recuerdo haber recorrido toda la calle absolutamente solo en mi bicicleta, dándomelas de listo silbando tranquilamente “Lili Marlene”.

Sin embargo, una tarde me paralizó el miedo. Después de haber cambiado frenos, cadena y limpiado mi bici salí de la planta para asegurarme de que funcionaba todo bien. Apenas cincuenta metros después me pararon tres policías:

--¿Su documentación?

--Trabajo allí, en el laboratorio.

--¿No tienes documentación?

--Aquí conmigo no. Está en el bolsillo de chaqueta, pero allá.

--Síguenos a la comisaría.

Viejas sillas, vieja mesa, luz débil, siniestro.

--¿Dónde vives?

Di la dirección de mis padres. No preguntaron más.

--Quédate sentado acá –y se dirigieron a hacer averiguaciones en mi barrio.

Esperé sin angustia. Sabía que estaba en regla. Como una hora después, ya de regreso los policías:

--¿Quieres que me quite la chaqueta? --me gritó el que más parecía un gorila.

Asustado, con miedo, no sabía qué decir. Él, con los ademanes de la circunstancia, repitió:

--¿Quieres que me la quite?

Mi miedo se transformó en pánico. Sin pensar más, solté:

--Nací el 22, debería estar en Alemania.

--¿No podías decirlo antes? ¡Tonto! ¡Anda, lárgate!

Mi papá y mi esposa –que ya estaba con nosotros en París—estaban horrorizados. Simplemente habían olvidado que habían recomendado a la conserge:

--Si alguien pregunta por André, contesté que sí, sus padres viven aquí pero él hace meses que no lo ha visto.

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