Claro que estaba contento. Qué alivio, fíjense. Estábamos en enero de 1943. Me había casado en julio del 42, con una chica que conocía desde que ambos teníamos 14 años.
--Tiene una cita con la hermana Schwaester, que está a cargo de la dirección del soldatenheim.
Poderoso amigo que tenía. Y me hizo recordar una vez más: “¡Aprendan el alemán!, les va a servir”. ¿Qué sabía aquel profesor?
La hermana Schwaester no tenía nada de simpática. A los cincuenta, más que una hermana soldado era una soldado hermana. Cita breve. Sólo quería ver si conocía suficientemente bien su idioma para entender a los soldados y darme el horario de servicio en el bar.
¡Horror!: de las ocho de la mañana hasta la media noche. Comida y cena incluidas. Era eso o las plantas blanco de bombardeos en Alemania.
En el bar trabajaba un soldado alemán que yo iba a reemplazar.
--¿Por qué se va?
--Acabo de recibir mi hoja de ruta para el frente de Rusia –me contestó con una voz chillona.
La felicidad de uno hace la desgracia de los otros.
El soldatenheim había sido un extendido e importante café en el centro de la ciudad requisicionado y transformado en su interior con largas mesas para servir sopa a muchas personas.
El trabajo consistía en llegar por la mañana a proveer el bar por el día y después simplemente entregar a los soldados clientes lo que me pedían. Casi no había conversación.
Tantas horas así detrás del bar rápidamente me agotaron. Lo expliqué a mi esposa.
--Te voy a enseñar el nombre en alemán de los productos ofrecidos. Iremos a trabajar tres o cuatro días juntos, yo de las ocho a las once, tú de las once a las 17, mientras descansaré, y yo de nuevo hasta media noche.
Aceptó.
La generala Schwaester no hizo ningún comentario
Todos los cocineros eran franceses. No sé qué posición tenían antes de nuestra llegada, pero allí rápidamente me hicieron entender que para nuestras comidas nos reservaban escondido por debajo de la verdura un trozo de carne más grueso que lo autorizado, pero que esperaban de mi lado les llevara, también a escondidas, una botella del vino que usaba para hacer una bebida compuesta. Este canje no me favorecía, pero vista mi situación y como francés no podía rechazarlo.
Yo como mesero tenía mucha práctica. Siempre encontraba el momento y la manera de bajar discretamente la botella a la cocina. Pues así lo hicimos.
Un mes, dos meses… La hermana directora un día me anunció que no era necesario que viniéramos más.
Muy probablemente mi esposa, no acostumbrada como yo a astucias, no había tomado suficientes precauciones para bajar a escondidas las botellas a la cocina.
No podía regresar al albergue St. Jacques.
Después de este despido estaba ilegalmente en Francia. Un “refractario” era el nombre con que llamaban a las personas en esta situación. Desaparecido mi cuate alemán no sabía qué hacer.
Pasaron unos quince días. Al regresar una tarde de compras, mi abuela me contó:
--Vinieron a buscarte dos jóvenes que me dijeron que eran amigos tuyos, pero nunca te vi con amigos parecidos a esos.
Nadamás escucharla corrí al albergue St. Jacques para saber si habían pasado por mí.
--No ellos, me contestaron. Pero dos policías del ejército francés vinieron a preguntar por ti.
Sin tomar el tiempo de darles una explicación me despedí apresuradamente y me fui asustado a mi casa para darle un beso a mi abuela y despedirme:
--Me buscan, me largo a París. Si regresan diles que no me has visto.
Me eché a correr hasta la estación del ferrocarril. Dos horas después estaba con mis padres sin haberme despedido de mi esposa.

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