El no servicio militar

No sé cómo ni por qué milagro solía subir a almorzar y a cenar solo un señor vestido de traje negro costoso, sin que ninguno de nosotros hubiera notado lo raro de esta persona en esta sala. Al atenderlo varias veces comencé a intercambiar con él algunas frases. Le gustaba hacer juegos de palabras y, por cortesía, yo me reía. Poco a poco se fue creando una confianza fraternal entre nosotros.

Un día:

--¿Quién hizo el menú en alemán? –me preguntó.

--Yo.

--¿Usted? Hay una falta de ortografía.

--¿?

--Soy alemán.

--¿?

--Trabajo en el servicio administrativo.

Siguió pasando a comer de vez en cuando, platicábamos de unas y otras cosas. Era muy culto.

Después de la derrota alemana y la pérdida de hombres en Stalingrado, el ejército nazi se había disuelto como nieve al sol. Esta hecatombe acarreó dos consecuencias: una, el gobierno germano requirió a todos los soldados que habían obtenido alguna colocación fuera de las fuerzas de combate, así como los hombres capaces que trabajaban en las plantas de fabricación; la segunda, había que reemplazar a todos ellos. Por eso se promulgó un decreto en Francia que indicaba que todos los varones nacidos en el año 1922 debían ir a hacer su servicio militar en las fábricas alemanas. Yo estaba incluido en ese bando.

Di parte de esta mala noticia a mi cliente alemán.

--Conozco yo ese decreto –y se calló.

Unos días más tarde:

--Un amigo mío es dueño de un hotel en Münich. Voy a escribirle, será mejor para usted que trabajar en una planta.

Pasaron dos semanas.

--El hotel ya no existe. Recibió una bomba.

Estaba yo desesperado. Había pasado el examen médico y me habían declarado apto para ir a trabajar en Alemania. Lo comenté a mi cliente, y unos días después:

--¿Le gustaría trabajar en el “soldatenheim”?

--¿Y como qué?

--En el bar.

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