Pues bien, en 1942 todo iba a cambiar. Por la derrota alemana frente a los ruso en Stalingrado, que costó 117 mil hombres a la Wermacht, acentuó las necesidades de Alemania para alimentar tropas y población. Consecuencia: los alemanes invadieron la parte “libre” de Francia y ampliaron las requisiciones de alimentos en todo el país. A los que no hacían caso de los reglamentos, si los descubrían eran deportados a Alemania.
Los precios del mercado negro, ya elevados, aumentaron. Para encontrar mercancías en el mercado oficial había que formar fila a las cinco de la mañana, cuando la tienda abriría hasta las ocho. Así lo hacía mi abuela, arrastrando la pata y el bastón en la mano.
Teníamos primos campesinos a unos treinta kilómetros de la ciudad, a quienes me iba a visitar sobre mi bici en verano o en invierno, a veces con la carretera cubierta de nieve. De su casa regresaba con cuatro docenas de huevos en la mochila y en el cesto sobre la rueda delantera dos conejos que (ya sea de miedo o de frío) me meaban sobre las rodillas. Ese modo de procurarse cualquier clase de alimentos era reprimido, como lo dije antes, con la deportación. Además de pagarles a mis primos, lo canjeaba por cigarrillos que mi padre recibía con su pago cada finales de mes, éstos eran como efectivo.
También me había montado mi propio negocio tabacalero. En el albergue St. Jacques atendía a los clientes de la sala de los “ricos”, en el primer piso. Además de comer y tomar lo más costoso, fumaban cigarrillos y, conscientes de su posición social, abandonaban en el cenicero copiosas colillas. Ahí estaba mi pesca: apenas se levantaban, con el pretexto de darles las gracias corría hasta las mesas y, antes de la propina, con un ademán aparatosamente mecánico me ocupaba del cenicero; posteriormente, al final de la jornada, deshacía las colillas coleccionadas, las limpiaba, mezclaba el tabaco, lo mojaba con el perfume que se vendía en las tabaquerías (para dar al tabaco negro un olor a “Camel”) y después lo pasaba unos pocos minutos en el horno de mi abuela para secarlo. Así me aseguraba una clientela adicta y lista para pagar un buen precio por tan “buen tabaco”.

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