En el curso de los seis últimos meses de 1940, poco a poco sólo el perro tuvo un comportamiento distinto e inexplicable. Aprovechaba cuando la puerta quedaba abierta para escaparse y regresaba ya entrada la noche. Esas fugas perduraron varios días, hasta que finalmente una señora, acompañada del perro, tocó:
--Me preguntaba --dijo la señora-- dónde iba mi perro. Vivimos en la siguiente manzana.
Todo se explicaba: huyendo habían perdido el perro en el bosque, y éste, olfateando en nosotros el olor del barrio, se había quedado con nosotros y salía a ver a su casa hasta que sus amos regresaron.
En el curso de los últimos seis meses de 1940, poco a poco escasearon los productos alimenticios. En 1941 la penuria siguió aumentando. Todo lo que más o menos faltaba desde hacía años en Alemania era requisado por la administración alemana para su pueblo y las tropas. Consecuentemente instituyeron, en la parte ocupada, una carta de “racionamiento”. Carta a puntos personales. A este sistema estaban sometidos azúcar, aceite, chocolate, pan, carne de res y ternera y tabaco; las papas no eran racionadas pero desaparecieron del mercado por la misma razón que había impuesto el racionamiento.
En cuanto al pescado de mar, no llegaba hasta nuestra ciudad por falta de transportes, pues los tres eran usados para llevar todo lo mencionado al país del ocupante. El único mercado en el cual se podía comprar cualquier mercancía, productos o material era el “negro”.
En el albergue St. Jacques los grupos de simples soldados ingleses habían dejado el sitio a algunos oficiales alemanes; en los precios de los alimentos comprados al “negro” disuadían a la tropa alemana de frecuentar comercios de esta clase. En la carta-menú se reflejaba este aumento, y también en los beneficios del dueño del restaurante, cuando menos para comprar la casa contigua del restaurante y transformarla en dos nuevas salas, lo que daba un nuevo toque aún más atractivo: cuatro salas, a cada una su atribución cualitativa, seleccionada.
A la entrada la sala en la cual se detenía la clientela pasajera y se le presentaba el menú estándar obligatorio colgado fuera. Bajando dos escalones la otra sala, donde hacíamos pasar a los clientes que ya conocíamos; a ellos les aconsejábamos a media voz uno o dos guisados cuyos elementos de composición podían eventualmente ser comprados en pequeña cantidad sin infringir la ley.
En el primer piso los ya bien conocidos por su adinerada situación; allí se comía como si fuera antes de la guerra. Ahí se servía los manjares más refinados y las composiciones más elaboradas de alimentos difíciles de encontrar. Esos platos iban acompañados de los vinos más finos y, a menudo, el final de la comida era marcado con champagne de los viñedos más famosos.
Como se acostumbra con esta privilegiada clase de clientela, los meseros no vaciaban las botellas hasta la última gota, siempre quedaba un poco de vino en el fondo al retirar la botella de la mesa. Después de haber trabajado como 30 meses en esta sala, simplemente con echarme un trago en la boca yo ya era capaz de reconocer, si no el año, sí el viñedo de donde procedía.
La última sala, aislada al otro lado del patio, se usaba para grupos más numerosos, como bodas, congresos y asambleas de conmemoración. A esos clientes teníamos que atenderlos otro joven y yo. Ahí, por ejemplo, atendimos a los miembros de la “Asociación de las Grandes Vergas” --que en verdad existió-- o a los invitados a la comida anual ofrecida por la dueña de un burdel a todas sus “pupilas”. Entre estas últimas, recuerdo, las más expertas aprovechaban esos momentos de relajación para enseñar a las novicias los trucos del oficio, por ejemplo introduciendo su dedo índice en la boca de aquellas para indicarles cómo mover la lengua y los labios para satisfacer lo mejor posible a sus consumidores.

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