--Abuela, ¿no recuerdas haber visto un pozo en las afueras?
El largo silencio de mi abuela me pareció de mal agüero:
--En la primera calle a la izquierda hay una reja, un gran jardín, y creo haber visto ahí un pozo.
La puerta de la reja estaba abierta. La casa cerrada. Existía el pozo, incluso un cubo a su lado. Sin tener ni arte ni parte, hicimos mi madre y yo varias idas y vueltas.
Teníamos en casa arroz, lentejas, pastas. Mi madre se atrevió a ir hasta la tienda y regresó con unas latas cuyo contenido apuntó rigurosamente en una hoja de papel. Así estábamos a salvo.
Curiosidad más que deseo, al día siguiente fui a ver en qué estado estaba el albergue St. Jacques. Intacto también, pero con casas en ruinas y humeantes alrededor. Dejé mi bicicleta en la entrada. El interior, un desastre: las sillas rotas, mesas patas arribas, vasos y platos en pedazos por doquier. Las tazas de los toiletes, más que llenas, rebosando sin vergüenza en el suelo con el olor inherente a la cosa que las desbordaba.
El muro construido delante de la puerta de la casa había hecho honor a su propósito defensivo como frente de la casa.
Me dirigía hacia la gran nevera cuando escuché un ruido metálico; corrí a la entrada: un soldado alemán estaba montando mi bici.
--¡Das ist min! (“¡Eso es mío!”).
Sorprendido volvió la cabeza, me vio, saltó de la bici, se acercó a mí y sin una sola palabra me la entregó y se fue caminando tranquilamente.
En la nevera quedaban solitas cuatro o cinco latitas. Las tomé y regresé a la casa ya decidido a tardar una buena semana en volver al albergue, sabiendo que serían los primeros en presentarse quienes tendrían que limpiar toda la porquería.
Abrió la panadería de nuestro barrio. Entonces ingenuamente decidí presentarme a mi trabajo. No habían caído en el señuelo mis colegas, no obstante no dejaron de reclamarme lo tardío de mi regreso.
Unos pocos días después tuve la oportunidad de recuperar su estima: había salido un decreto de la Kommandantur (la administración alemana) que los restaurantes debían colgar fuera el menú en alemán con el precio. Me encargué de hacer la traducción… “les va a servir”… “les va a servir”… ¡Qué bien informado estaba nuestro extraño profesor de la escuela de idiomas!
Apenas tres días después de la invasión ya había tenido tres oportunidades de usar el alemán.

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