--Mañana nos vamos –decide mi mamá.
El cochecito de niño pesaba más que al llegar. Esos días movidos no me habían hecho olvidar mi primera inspección del lugar. En el fondo del cochecito primero puse, en contra de la opinión de mi madre, una larga, pesada, máquina de escribir de oficina –que ella me hizo desmontar y tirar unas semanas después—y otra pequeña, portátil, que guardé. Las otras dos señoras decidieron quedarse dos días más.
--Vámonos –lanzó mi madre.
--Adiós.
--Adiós.
Al alcanzar la carretera eché un ojo atrás y por un momento añoré dejar el sitio. Un perro que nunca había visto nos miraba.
Mi abuelo montó su bicicleta.
--Hasta mañana. Cuídense.
Tenía prisa de volver a su casa. Al ritmo de mi abuela, mi madre y yo nos pusimos en marcha con la mirada del perro sobre nosotros.
Pasamos la noche en la paja del mismo cuarto que al venir. Al levantarnos el perro estaba delante de la puerta; nos siguió todo el día. Todavía el avión, el negro muerto, el puente con camiones alemanes, las ruinas de la ciudad humeando, el olor, y casi de noche nuestra casa. Una ventana con el cristal roto y el perro todavía cerca de nosotros. El cristal estaba roto porque mi abuelo no tenía llaves. Lo había roto para poder abrir y pasar la mano por la ventana.
Después de haber vaciado su vejiga en el muro de unas casas más allá, el perro, bien educado, entró con nosotros.

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