Visita sin guía

Las turbas alemanas ocupando el terreno, no cabía efectuar bombardeos de su parte, y por lo que se refiere a la aviación francesa, pues existe, nunca la vi. Entonces empezamos a hablar del regreso. La mujer que bien había simpatizado con el joven de la Wermarcht había llegado con su bicicleta. Propuse ir a ver si nuestras casas aún existían y cómo se podía atravesar el río.

Fue decidido que sería muy prudente que fuéramos ambos. Toda la ruta la recorrimos sin ver nada ni nadie más que un avión caza alemán vacío, caído en el campo, y luego un solo cadáver, el de un negro soldado francés. Se confirmaba que la derrota había sido total. El puente estaba en el río, lo sabíamos. Pero había tres puentes. De este primero seguía el segundo, la mitad en el agua. El tercero, más lejos, no se veía pues estaba fuera de la ciudad.

--¿Qué hacemos? –pregunta mi compañera.

--Pues vamos a ver el último, los camiones alemanes atravesaron. Tenemos que buscar por dónde. ¡Adelante!

De nuevo sobre las bicis y unos minutos después:

--Vea, allá pasan camiones. En efecto.

Al acercarnos vimos el puente intacto. Ese puente era un puente para ferrocarril y pertenecía a una compañía privada. No es de extrañar la orden del ministro de Defensa francés de destruir un bien nacional, pero no un bien de una empresa privada importante cuyo capital está formado en parte por capital de ministros y otros personajes políticos. Pues en buen estado estaba el puente.

--Otra vez adelante a ver.

Avanzamos bicicletas en mano. Subimos al puente. Unos soldados, alemanes, por supuesto, acababan de quitar los rieles y arreglaban la calzada.

En la otra parte del puente, de nuevo en las bicicletas, nos dirigimos hacia la ciudad. Los suburbios están vacíos, ni vehículos ni peatones: nosotros solos en medio de un silencio total que nos penetra y nos inhibe; no nos hablamos, quedamos sin gusto de comentar. Una desolación nuestra ciudad. Nos parecía vivir en un mundo abandonado, así nos acercamos al centro. Un olor a quemado nos despierta, nos clava en la realidad, en lo presente. Una casa derruida, otra y otra y otras; llegamos al centro desmoronado. Una ciudad desfigurada que me cuesta reconocer entre esas ruinas, calles cubiertas de escombros humeantes, con olor a madera y yeso, cadáveres acabándose de quemar. Y, para añadir al olor, bandas de perros vagabundos, hambrientos, errantes, ladrando de calle en calle por toda la ciudad en busca de algo qué comer.

Nuestras casas en las orillas: intactas.

Hacia finales de la tarde estábamos de nuevo en nuestro campamento forestal, habiendo atravesado dos veces la ciudad en su totalidad sin ver un solo ser humano. Creo que fuimos los primeros en visitar la ciudad muerta en el siglo XX.

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