El día siguiente por la mañana, con precaución se acercan hacia nosotros dos hombres.
--¿Viven ustedes aquí.
Les miramos: vestidos de ropa usada, pantalones en forma de sacacorcho, uno con gorra y el otro con sombrero, chaquetas demasiado cortas para ellos y sin equipaje.
--De momento sí –contestó una señora.
--¿No hay alemanes por aquí?
--No, ninguno vimos.
--¿Y cuántas personas están?
--Seis.
--¿No hay lugar para nosotros?
--Aquí no.
Intervine yo. Les hice la pregunta más normal en esa situación:
--¿De dónde vienen?
Se miraron uno al otro, después a nosotros y finalmente uno habla, muy poco: que habiéndose dado cuenta de que todo su regimiento estaba cercado por los alemanes, los dos lograron –no nos dijeron cómo-- cambiarse el uniforme por las vestimentas que ahora llevaban.
--Somos desertores, se atrevió a añadir el otro.
Eran simpáticos. Mi madre preguntó:
--¿Han comido?
--Muy poco.
Se echaron sobre el pollo y el arroz.
--Vean la mansión, allá en el bosque. No hay nadie dentro. Hay recámaras. Si les parece bien pueden descansar allá.
Se quedaron tres días con nosotros. Los encargué del abastecimiento del agua, muy pesada de acarrear.
Todavía sin explicación, pero cubiertos con vestidos más aceptables:
--Nos vamos. Muchas gracias a todos.
Y a mí:
--Me puede dar su dirección.
Les di la de la casa de mis abuelos.
--Gracias. Adiós.
Desaparecieron en el bosque como habían llegado, siguiendo la carretera.
El mismo día por la tarde pasaron dos camiones alemanes llenos de militares. Nos sentimos más seguros. Por ahora ya no iba a haber combates por aquí.
Al anochecer, como a las ocho y media, estábamos a punto de acostarnos cuando apareció un uniforme verde gris. Un soldado alemán, un simple soldado sin grado ninguno, solo, con poco más de veinte años, cara de niño. Despacito vino hacia nosotros.
--¡Gutenart!... --lanzó.
No tuve tiempo de contestarle cuando mi mamá ya se había acercado y ella le aplicó –-para mi gran estupefacción-- un beso sobre su mejilla rosa. Ahora, todavía más de sesenta años después, esa escena me causa un malestar. Trato de comprender: ¿qué sentimiento o qué alivio invadió la mente de mi madre? Claro que yo, con mis dieciocho años vivía con ánimo pero en la irrealidad. Ella, al contrario, lo pasaba en la angustia, en el miedo; angustia por estar sin noticias de su esposo, miedo por su hijo que, a pesar de no ser una hija, amaba y, además, consciente de su responsabilidad, en la ignorancia del futuro y de saber si aún teníamos una casa.
Mis abuelos ya estaban acostados. La reacción de las otras dos mujeres fue muy distinta. Una, la que tenía la muchachita, se retiró a la casa; la otra, de unos treinta años, me hizo rápidamente entender que no necesitaba un traductor, ya que existe un idioma universal para expresar el calor que le invadía ante el joven semental.

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