Como si fueran vacaciones


Las siete de la mañana. Un sol como si nunca se hubiera usado. Si se pudiera vivir del aire y del tiempo, nos hubiera ayudado la Providencia. Desgraciadamente no es así.

--Mamá, voy a dar una vuelta.

Primero a ver en la mansión si hay alguien. ¡Híjole!, las largas puertas de dos hojas arriba de la escalinata de cinco peldaños está derribada. Inquieto, con aprehensión en la punta de los pies, me introduzco. Habitaciones inmensas, pero nada más que magníficos muebles que evidentemente no estaban en el lugar previsto para ellos. De cabo a rabo, sillas de espaldas, el tejido de la sala sucio y en el suelo cantidad de documentos, hojas dactilografiadas. Una imagen de desastre, la del ejército francés. Un estado mayor seguramente había permanecido en este maravilloso castillito antes de salir en desbandada e irse hacia Bordeaux, ciudad donde ya hacía una semana se había refugiado –rebasado por los acontecimientos-- el gobierno francés.

Pues bien, de comida nada. Sin embargo había localizado, abandonadas, unas máquinas de escribir... A ver luego, por el momento mi curiosidad satisfecha, buscar alimentos era la prioridad.

En el otro lado de la carretera campos y, a lo lejos, una construcción de un solo piso bajo. Tal vez ellos, los de la casa, se quedaron. Casi corriendo me acerco. ¡Una granja con un pozo cercado con unas cincuenta gallinas o pollos, y por si no bastara costales de arroz abiertos. Miro de soslayo hacia la casa: nadie, todo cerrado.

Nunca fui un chaval de vacilar, pero esta vez preferí pasar a ver a mi madre y, sin extenderme:

--En el castillo no hay nadie ni nada.

Y, el brazo extendido, el dedo índice apuntando hacia el bosque tras la carretera:

--Allá hay un pozo, gallinas y arroz roto, pero...

Mi mamá se quedó mirándome unos segundos. Abrió la boca como para decirme algo y se calló. En francés tenemos un dicho que trataré de traducirles: “Cuando uno no contesta es que consiente”, o como dirían en América, “El que calla otorga”.

Me dirijo hacia el bosque.

--Mamá, no olvides mandar a mi abuelo ir con su bicicleta por el pan. No tardo en encontrar en el bosque un trozo de rama a mi gusto y me voy directamente al corral, hecho con palos y alambres. Abro la puerta y penetro; las aves no se asustan, al contrario, unas se acercan a mí. ¡Pobres de ellas! A bastonazos fuertes golpeo delante, detrás, a la derecha a la izquierda hasta que tres o cuatro de ellas yacen sobre el suelo sin moverse.

--Ten mamá. ¿No hay una cubeta?

--Las señoras ahí tienen una.

--Buenos días, señoras. ¿No les gustaría una comida con pollo y arroz?

--...¿?

--Vayan a ver a mi abuela para ayudarle. ¿Pueden prestarme la cubeta?

--Hice varias idas y vueltas y comimos los seis un buen guisado de pollo con arroz, pan y agua.

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