¡Ya basta!

La carretera seguía el río a unos trescientos metros y no vimos ni un soldado, ni un vehículo militar de los que supuestamente debían enfrentarse al ejército alemán.

Avanzada la tarde regresé a ver dónde estaban mi mamá y mi abuela, y luego un poco más lejos para alcanzar a mi abuelo, que con su bicicleta siempre nos adelantaba.

--¡Oh, abuelo, párate y espéranos!

Haciendo así la comunicación entre la vanguardia y la retaguardia, había percibido una casa perdida en el campo.

--Mamá, por favor ve a ver si se nos puede albergar por la noche.

Yo veía a mi abuela muy cansada. Habíamos recorrido unos doce kilómetros.

--No hay nadie –dijo mi madre cuando regresó--, está cerrada pero detrás hay un cuarto con mucha paja dentro.

No vacilé. Yo era el jefe.

--¡Vamos!

Un camino de tierra con rodadas, cien metros de Infierno para mi abuela: se dejó caer en la paja. Comimos un poco de vituallas que habíamos traído. Y a dormir.

Temprano nos despertamos y otra vez en ruta.

Por la tarde llegamos al pueblo donde se internaba la carretera dentro del bosque. En este pueblo no había iglesia; en compensación, a la vuelta de la esquina había una basílica gótica, vasta e incongruente al centro de una aldea de caseríos menores. Dentro estaba la cripta del rey Luis XI (1423-1483), quien fundó la monarquía absoluta en Francia después de unir varias provincias.

Pero también descubrí lo más importante en aquel momento para nosotros: una panadería con un rótulo que rezaba “Abierta cada día de las 10 a las 13”. Eso a pesar de que casi todos los habitantes habían huido.

--Tal vez tienen pan --pensé en voz alta.

--Ahora no, está cerrada –contestó mi madre.

Dejamos, como lo había previsto, la carretera federal y entramos en el bosque por la carreterita vecinal. Nadie delante, nadie detrás. Después de caminar unos cinco kilómetros dentro del bosque, a mano derecha había una inmensa casa burguesa. Cerca de la entrada, la casa del guardia, sin el guardia, pero sí con dos mujeres y una muchachita que nos recibieron. Las fueron a ver mi mamá y mi abuela.

--No, no hay más sitio, contestó una mujer.

--Vean cómo está la abuela. No podemos ir más lejos.

--Hay un cuartito detrás. Nos sobra un colchón, si quieren...

--¿Nada más? --se veía que nos les gustaba que nos instaláramos con ellas.

--Ah, sí, también hay dos mantas.

El cuarto estaba limpio, las mantas también. Decidimos quedarnos, mis abuelos en el colchón, mi madre y yo nos arreglamos con las mantas. No habíamos comido en todo el día. Ni modo, mañana será otro día.

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