El río es ancho, el puente largo, unos pocos peatones, maleta en cada mano, lo atraviesan apurándose. Detrás casi nadie.
--Ándale abuela, ¡rápido!
Bastón en la mano, ella se arranca del barandal del puente andando, rodando casi, seguida de mi abuelo con la bici de treinta kilos empujada con un brazo. Nos habíamos enterado de que el ejército francés iba a hacer saltar los puentes a la una de la tarde. Era más de medio día.
--Un poco más rápido, incita mi madre.
Unas últimas personas nos rebasaban casi corriendo a pesar de la carga que todos llevaban. Eso angustia aún más a mi madre.
--¡Rápido! --y mi pobre abuela casi lograba correr.
La prensa, la radio, desde hacía algunos días nos anunciaban: “Las fuerzas aliadas pararán a los alemanes en el río”. Ansioso, me perturbaba la idea de que tendríamos que atravesar una mar de uniformes de todos lados, camiones, tanques, fusiles y metralletas de todos calibres. Llegamos por fin al final del puente. ¡Ni la sombra de un soldado a la vista!
Siguiendo el río hacia el oeste se avistaba una muchedumbre de civiles en la carretera.
Apenas recorridos unos quinientos metros, nos hizo sobresaltar el ruido de una explosión: el puente que acabábamos de dejar estaba en el fondo del río.
Yo conocía bien la región porque la había recorrido muchas veces en bicicleta.
--Vamos con los otros y luego tomaremos una carretera hacia el interior del bosque.
Tarde espléndida, llena de sol, alumbrando sobre toda una humanidad perdida, desorientada, sudando para refugiarse, en su mayoría, en un desconocido si no inexistente sitio, un “no-lugar”.
A mano derecha campos de verduras. A la izquierda, kilómetros de pinos.
De repente resonó un bufido de sirenas y zumbidos. En unos segundos se quedan en la carretera únicamente bultos, paquetes y maletas. Todos se habían echado boca abajo en la cuneta. ¿Y yo? ¡Sí, también, en la cuneta pero boca arriba! ¡Quería ver lo que venía! A lo lejos, muy arriba por encima de los pinos, surgieron tres puntos negros colocados en triángulos, con bufidos y zumbidos que poco a poco se hacían más fuertes mientras se acercaban a nosotros desde el cielo y en picada, creciendo, creciendo otra vez, creciendo cada vez más gruesos, anchos, aterrorizantes.
Las metralletas repicaron. Me parecía, estaba seguro, que uno de los cazabombarderos me tomaba como blanco viniendo hacia mí. Siempre con el alboroto de sirenas, de los motores, de las metralletas, pasó, enorme, a unos treinta metros por encima de mí.
Me levanté, corrí a esconder la bicicleta que estaba tirada en la carretera.

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