13 de junio del 40: Día de mi cumpleaños, 18 primaveras.


Me levanto, bajo al patio, un clima maravilloso. Ni una nube. El sol en todo su esplendor. Son como las siete y media de la mañana. Mi madre viene a encontrarme.

--Ya no hay agua ni gas. La panadería está cerrada. ¿Qué hacemos?

Es la primera vez que a mí se me pregunta mi parecer en cualquier situación o acontecimiento.

Mi padre está lejos, no hay teléfono, de repente me encontré jefe de familia. ¡Y en qué condición! Bien grave: mi abuelo con 62 años, asmático; mi abuela lleva más de tres meses en la cama, parapléjica.

Todo eso me atravesó rápidamente la mente, pero la perspectiva de quedarnos sin agua y sin comida me hace contestar sin dubitación.

--Vámonos.

Sin contestarme, mi madre entra en la recámara de mis abuelos.

--Abuelita, levántese, tenemos que irnos. La voy a ayudar a vestirse.

Mientras, vecinos que también se marchan nos avisan:

--A medio día van a hacer saltar los puentes. El río será el frente para parar el avance del ejército alemán.

--Abuela, tenga un bastón. Márchese hacia el “frente nuevo” para atravesar el río. Abuelo, tomé usted su dinero y su bicicleta con un poco de ropa; cuando alcance a la abuela nos espera con ella en el río.

Todavía teníamos mi landoo, mi carreola de bebé de cuatro ruedas, bastante amplia. Corriendo por toda la casa, mi mamá amontona todo lo que parece necesario, importante, imprescindible y valioso.

Yo llevo mi bici y mi mochila sobre las espaldas.

--¿Tienes tus llaves?

--Sí mamá.

La puerta se cierra ante una calle desierta.

Adiós, casa de mi infancia, jardín y patio de mis juegos. Somos los últimos en abandonar el barrio vacío.


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