Misceláneos 027: Mi primer contacto con la guerra

Mientras el ejército francés esperaba yo no sé qué a lo largo del río, el ejército alemán, fuertemente motorizado, en dos días atravesó Bélgica y atacó por detrás a los franceses. Después de franquer la línea Maginot cortaron la retirada a 300 mil soldados aliados. La mayoría de los ingleses consiguieron retirarse hasta el puerto de Dunquerque.

Desde hacía unos días pasaban por mi calle belgas huyendo delante del avance de los blindados de la Wermacht. Por la noche solíamos acoger a una persona o una pareja para que comieran y durmieran en nuestra casa.

El día 12, como a las 2 de la tarde, cayeron las primeras bombas sobre el centro de la ciudad. Subí al ático y a lo lejos se veían llegar los aviones y caer las bombas. No pude resistir. Salté sobre mi bici hacia el centro. El piso bajo de la primera casa que vi destripada abrigaba una tienda de zapatos. Los escombros de la fachada y los zapatos se disputaban la banqueta y parte de la calle. Un hombre, un zapato en una mano, movía con la otra tabiques y trozos de cemento y yeso tratando de hallar el segundo.

Resuenan las sirenas. “¡Alerta!”, gritan algunas de las personas presentes en la calle. El barrio es antiguo —la casa que albergó a Juana de Arco está muy cerca—. Las bodegas son profundas, tapizadas de piedras con una estructura en forma de arcos. Todos se precipitan para bajar. Yo escucho el ruido de la llegada de los aviones. Antes de franquear la puerta echo un ojo a la calle, que está vacía a excepción del hombre que todavía busca el segundo zapato.

En esta bodega estamos unas quince personas. Un solo militar, un capitán, me parece, que poseía una pistola que sacó de su estuche y, aterrorizando a los demás, sin razón disparó varios tiros contra las piedras medievales.

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