Once años (I)

Once años es una etapa en la vida, sobre todo si empiezan, como en mi caso, a la edad de 34 años. Es la etapa de la madurez, más tranquilidad, más estabilidad. Entonces, si has leído este blog con interés desde el principio, me conoces, somos amigos. Te voy a tutear. Y, si lo has seguido únicamente por la música, eres entonces un buen cuate… y también te voy a tutear.
Así, voy a cambiar de estilo, voy a seguir con mi historia. No exactamente de manera cronológica, sino uniendo por tema acontecimientos, hechos y objetos, como acuden a mi mente cuando aparecen varias veces en este periodo. En plena confianza contigo, entonces, prefiero el estilo epistolar y así te haré saber la continuidad de mi historia.

México, día x del mes de septiembre de 2012.

Distinguido fulano de tal:

En lo que va para hoy voy a contarte cuál y cómo fue mi empleo en el servicio de la planificación y la distribución desde Francia de los distintos productos de hidrocarburos utilizados por el ejército de los Estados Unidos. Comenzó poco tiempo después de que fue puesto en operación el oleoducto que llevaba combustible a Alemania para el consumo de la OTAN. Empecé en una posición subalterna: la puesta al día de los stocks de hidrocarburos. Como herramienta de trabajo sólo existía un borroneado paquete de hojas sueltas que poco a poco sustituí por tablones y gráficos comprensibles a primera vista.

Pasó un año cuando se fue el encargado de la planificación, un joven que había salido de la Escuela de Altos Estudios Comerciales y no sé lo que hacía en el PDC. Se me nombró en su lugar, promoción importante ya que se trataba de elaborar la planificación diaria de la semana, con salario valorado en proporción por la importancia que tenía no meter la pata.

Ambiente agradable, una pausa de un cuarto de hora a menudo prolongada, a las diez de la mañana, otra a las tres de la tarde y una sala con dos mesas de ping pong.

Por lo que se refiere a nuestra oficina, una vez que terminabas tu tarea del día podías disfrutar del tiempo a tu gusto a condición de que tuvieras la posibilidad de quedar en contacto telefónico con tu oficina.

De hecho en el ejército de los Estados Unidos los civiles que trabajaban ahí no eran considerados como personas sino como puestos. Así pasé diez años, hasta que el general De Gaulle, en aquel momento presidente de la república francesa, decidió eliminar a la OTAN de Francia y echar fuera al ejército estadounidense. Este se instaló en Alemania, en la región de Stuttgart.

Para aquel entonces la tercera persona de nuestra oficina, que elaboraba la planificación temporal más importante de la distribución de hidrocarburos hacia Alemania —es decir a seis meses, las otras eran por mes, semana y por día— era un oficial del ejército polaco que había escapado a la masacre de los bosques de Katyn en su país, aceptó irse a Alemania y seguir haciendo la misma tarea. Yo había rechazado el puesto. Nadie más que nosotros dos sabía elaborar las tres planificaciones. Como yo había rechazado la oferta de ir a Alemania, él, sintiéndose en una posición de fuerza, aprovechó para hacer un chantaje: “O me pagan tanto más o regreso a Francia”. Era un mal conocedor de la psicología de los empresarios estadounidenses. Lo dejaron irse a Francia. Él, persuadido de que en la imposibilidad de hacer funcionar el oleoducto, el Pentágono (que tenía a cargo esta estructura vital) iba a ceder y lo volverían a llamar. Mal calculado. Costara lo que costara, no aceptarían su chantaje y me llamarían a mí.

Yo estaba a punto de irme a descansar con parte de lo que me habían dado de indemnización cuando se habían llevado las oficinas a Alemania. Ya había comprado los boletos de mi esposa, mis padres y mi perro para pasar ocho días de Vacaciones en Córcega. Contesté que sí podía ir pero no antes de 10 días: aceptaron, no tenían otra opción.

A mi llegada a su campo militar en Alemania, donde habían transferido el PDC, fui yo quien pasé lista al Estado Mayor alineado delante de la puerta de mi carro esperándome ansiosamente para resolver el gran problema. Ocho meses me quedé para primero volver a poner en buenas condiciones el contenido del oleoducto y formar a una persona para remplazarme a la llegada del invierno.

Amigo desconocido, te saludo. Dentro de una o dos semanas estarás recibiendo otra carta con nuevas historias.

Tuyo virtualmente. Dedé.

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