Once años (II)

México, D. F., 15 de septiembre de 2012

En la última página hago alusión a una perra que fue de viaje a Córcega con mis padres.
Solíamos ir cada fin de semana a casa de mis padres. Con mis actividades deportivas de canoa nuestras visitas se espaciaron. Claro que con eso se afligieron mis padres, ya no íbamos a verlos de manera regular. Se sintieron más solitarios, les faltaba una presencia regular.
Pensaron en un perro. Una tía de mi esposa conocía una familia que, viviendo en un departamento parisino, además de tres hijos poseían una hembra bóxer de la cual tenían que deshacerse por las molestias que causaba a los vecinos. Tenía la perra cuatro años; la regalaban a condición de que los futuros amos fueran gente buena y tuvieran un jardín donde la perra pudiera brincar… ¡Condiciones cumplidas!
Se me pidió que fuera de urgencia por el animal. Todavía no tenía carro. Fui en Metro al departamento. Al tocar la señora abrió la puerta. A sus pies la perra con el collar y la correa. Nos saludamos. Sin más palabras me entregó el asa de la correa en la mano los ojos fijos en Yoga. Con serenidad nos despedimos. Yoga, sin resistencia, sin mostrarse lastimera, atravesó una buena parte de París caminando hasta la estación de ferrocarril.
Nos quedamos al final del vagón. Yo de pie, ella sentada cerca de mí. La miré para acariciarla. Lágrimas caían de sus ojos mojando el suelo. A pesar de ser recibida por mis padres con mucho cariño, se quedó tres días sin querer comer más que unos pocos trocitos de carne una vez que se sentaba en su silla a la mesa con nosotros.
Se acostumbró. Como nadaba, íbamos juntos en el río y, cuando tiraba una piedra en el agua se hundía hasta el fondo del río para agarrarla y devolvérmela. Pero nunca olvidó sus primeros amores; si, paseando, alguien —sobre todo un niño—de lejos le parecía ser uno de los miembros de su primera familia, arremetía hacia él y, al ver que se había equivocado, regresaba lentamente a mi encuentro.
Se murió.
Mi padre se precipitó a comprar otra de la misma raza. Le vieron la cara de tonto pues le vendieron una hembra de tres meses con un defecto poco visible a esa edad: tenía un canino mal plantado y de adulta le salió por encima del labio superior. De estatura más bien pequeña era celosa, nadie más que nosotros podía aceptar: ladraba a todos y con su canino afuera de su hocico no tenía nada de acogedora. Pero a mi esposa y a mí nos venía venían. Al ser fea y ladradora tenía su papel bien cumplido: de camping la hacíamos sentar delante de la tienda y nos al ausentarnos media hora o más siempre la encontrábamos sentada exactamente en el mismo sitio.
Se murió, como la otra, alrededor de los nueve años.
La hembra de un vecino de mis padres acababa de parir, una bóxer también. Mi padre se apuró a pedir que le reservaran un cachorro. Como el nombre de los nacidos aquel año debía empezar por una “V”, la llamamos Viky.

Amigos y cuates, salvo que algo vaya mal —esto es muy posible a mis noventa primaveras— seguiré narrándoles los acontecimientos y los eventos de mi vida.

De ustedes: Dedé.

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