¿Todavía me sigues? Pues con un poco de duros (marmaja, plata o lana, como tú quieras) en mi cuenta bancaria, decidimos irnos de paseo unos quince días a Córcega.
Entre tanto había cambiado de vehículo dejando el carricoche primero por un Sinca —marca italiana ahora desaparecida— que aunque poco potente, respecto al anterior tenía cara de carro. Lo tuve poco tiempo por no ser práctico para el transporte de mi canoa. Para ir a Córcega ya tenía una camioneta Ford Taurus que podía cargar a la vez a mis padres, mi esposa, a mí a Viki, que ya tenía cuatro años, el material de camping y el equipaje de todos.
Córcega es una isla en el Mar Mediterráneo a unas cuatro o cinco horas en buque de la costa francesa.
El contrato con la agencia de viajes fue un poco difícil de arreglar. Por fin nos pusimos de acuerdo en lo siguiente: íbamos todos, con todo en el coche hasta el aeropuerto de Toulouse, donde embarcábamos el carro, nosotros y el perro dentro para desembarcar en Bastia, al norte de la isla.
Después de casi seis horas de carretera, finalmente aparece el rótulo con la palabra Tolouse.
—¿Disculpe, el aeropuerto?
Siguió una larga explicación: que sigan una recta hasta una glorieta sin fuente, que sigan del otro lado hasta ver otra fuente, que hay que tomar la segunda avenida y cuando pasáramos el puente de ferrocarril debíamos girar a la izquierda hasta…
—Ah, sí, sí… Muy amable, muchas gracias.
A mi esposa:
—¿Qué dijo? ¿Primero la fuente?
Afortunadamente de lejos se veía la torre de control. No nos costó mucho encontrar la oficina de la compañía que iba a Córcega.
Muy amable la señorita, nos conocía; no ocurre cada día que una familia con un coche y un bóxer alquila un avión de carga.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Oh, qué perro tan bonito.
—Espérenme un momentito.
Era casi medio día.
Regresó más tarde, unos diez minutos después, con un señor que ostentaba una larga sonrisa.
—Buenos días…
—Buenos días…
—Buenos días…
El despegue de su avión está previsto para la una.
—Sí.
—Tenemos un poco de retraso, pueden pasar a la sala de espera. ¿Quieren tomar algo?
En el reloj, ciertamente de estilo barroco, las manecillas marcaron la una. Luego la una y media… Reapareció el señor con solamente una sonrisita.
—Tenemos un problemita. Les he reservado una mesa en el restaurante. La compañía les obsequia con una comida, pasaré a verles.
La comida no era tan mala como podría pensarse, pero el señor… invisible. En el despacho la señorita estaba aun más amable. Se paró y rápidamente regresó con el señor, ya sin sonrisa.
—El avión no pudo despegar de Atenas por culpa de la revolución de los generales en Grecia. El aparato aeropuerto está cerrado. Les propongo que sus padres tomen el vuelo regular a Bastia y que ustedes vayan con su coche y el perro hasta Marsella para hacer la travesía en la línea marítima. Que se vayan ahora, yo me encargo de todos los trámites. En Bastia la compañía puso un taxi a disposición de mis padres para llevarlos a la residencia alquilada por nosotros para nuestra estancia en la isla.
Marsella no la conocía, sin embargo había visto fotos de la basílica Notredame de la Garde, edificada por los griegos en el año 600, su piñón domina el puerto. Nos fue fácil entrar en la ciudad y recorrer los muelles hasta ver el barco y frente a él la oficina de la compañía.
—Venimos enviados por la compañía aérea.
—Ah, sí. ¿Quieren ustedes un seguro?
—¿Un seguro, para qué?
Lo supimos cuando vimos cuando vimos nuestro coche con todo su equipaje balanceándose 30 arriba en el aire colgando de unas cadenas tendidas desde la inmensa grúa del barco, mientras que el sujeto que manejaba la operación esperaba el momento propicio en el cual el carro pasaba por encima de un agujero en la cubierta del barco para dejarlo caer de una vez rápidamente adentro hasta el fondo.
El buque estaba dotado de un restaurante, un salón con bar, pero nosotros con Viki teníamos que quedarnos en la cubierta. Buen tiempo, mar, calma dejábamos a Viki correr por dondequiera, nosotros dos mirando al mar, observando a los otros pasajeros que se habían quedado igualmente afuera.
—¿Viki? ¿Dónde está Viki? —se inquietó al momento mi esposa.
Echamos una ojeada alrededor; de Viki, nada a la vista. Cada uno por su lado, comenzamos a buscar por toda la cubierta. De vez en cuando nos cruzábamos.
—¿Lo has visto?
—No.
—Yo tampoco.
Empezábamos a preocuparnos. Miré con inquietud al barandal del barco. No era alto, pero el perro no podría haber visto el mar.
Volvimos a recorrer todo el lugar. Había hecho la vuelta completa, esta vez sin cruzar con mi esposa, cuando la vi aparecer con el perro a su lado.
—¿Sabes dónde estaba? Delante de un plato de huesos en la cocina.
Bastia. De lejos se alcanza a ver la ciudad, sin embargo, por más que avanzábamos parecía que nunca íbamos a llegar. Pero finalmente se echaron las amarras, el buque se inmovilizó. Los pasajeros se empujaban en la entrada de la escala del navío. Cuando por fin pusimos los pies en el muelle, la primera cosa que vimos: un carro rebotando en el cemento del suelo, la cadena floja y la grúa por encima; vimos así varios coches aterrizar rebotando más o menos. Al nuestro también le tocó, como a los otros, de izquierda a derecha, por delante y por detrás volaba acercándose al muelle. Más se acercaba, más nos invadía la angustia. Pararon la bajada a unos tres metros del suelo, a la espera de que se inmovilizara el auto. Una vez inmóvil aflojaron el cadena y ¡bum, bum! ¡Hasta el perro tuvo miedo!
Aparentemente no pasó nada.
Ciento cincuenta kilómetros en carreteras estrechas nunca con más de diez metros de líneas rectas, con caballos, burros y cabras libres, atravesando cuando se les daba la gana.
El bungalow donde ya estaban esperándonos ansiosamente mis padres estaba cerca de un pequeño puerto. Mi esposa y yo montamos una tienda de campaña en una pequeña loma a la orilla del mar por una buena semana. Llegó la hora de pensar en el regreso.
Dirección: Ajassio, capital al sur de la isla, donde, ahora sí, de verdad, estaba esperando a los cuatro un avión de carga.
—¿Y el perro?
—Ah, no, señora. Está prohibido llevar perros en la cabina de los pasajeros.
—¡No lo vamos a dejar! Nos dijeron en la agencia en París que el perro viajaría en el avión.
—En el avión, sí señora, pero no con los pasajeros. Lo pondremos con los equipajes, en su carro si quieren.
Cuando en parís abrimos la puerta del carro se echó fuera corriendo dando vueltas y vueltas por el terreno como loco sin hacer caso de nosotros.
—¡Viki, Viki! ¡Ven perrito! —le llamábamos uno tras otro sin que pareciera reconocer nuestra voz. Se calmó cuando puse en marcha el motor del coche.
Temprano al día siguiente lo puse de nuevo en marcha para estar por la tarde en Alemania en el nuevo campo militar del PDC.

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