Con un trabajo creativo, con responsabilidad, con un sueldo a la medida, con asueto los fines de semana y los días festivos tanto de Estados Unidos como de Francia, esos diez años en el PDC son —de toda mi vida y desde todos los puntos de vista— los que considero como los más valiosos, los que más satisfacciones me dieron.
Fue el periodo de mi deporte preferido, que además estaba de moda. Cada fin de semana por las carreteras de regiones montañosas pasaban coches con kayacs o canoas de una y dos personas sobre los techos de los carros.
Dentro del club formamos un grupo de unos quince o veinte amigos, incluidas las esposas, que a menudo no participaban pero manejaban para ir y recuperar las embarcaciones y sus ocupantes al final del recorrido. Fuera cual fuera la estación del año, dormíamos y comíamos en la tienda. Por buen tiempo, después de la cena nos reuníamos todos alrededor de un fuego y platicábamos. ¿De qué?: de aguas vivas, de torrentes, cascadas, turbulencias, volcaduras de embarcaciones; cada uno tenía sus historias qué contar, incidentes que hubieran podido tener un fin trágico pero que acabaron bien. Nunca se hablaba de política ni religión, tampoco de la vida privada. Nos conocíamos por un nombre o únicamente por un apodo y, entre los más íntimos, por un número de teléfono.
Yo me había hecho compañero de equipo de Francis. Cuando usaba la canoa de doble sitio siempre era con él; alto, fuerte, se arrodillaba en la parte trasera. Su papel era el de tomar decisiones a unos treinta y cuatro metros para colocar la embarcación, ya sea en el centro, a la izquierda o a la derecha del cauce del torrente, dependiendo de cuán peligroso le pareciera. Mientras, al compañero de adelante le tocaba empezar la maniobra para evitar el obstáculo que no se hubiera distinguido de lejos.
A veces Francis y yo nos íbamos por una semana a recorrer varias partes de dos o tres ríos; en verano ocurría que podían ir unos cuatro o cinco en vacaciones por tres semanas. En aquel caso iba yo durante la última semana a reunirme con mi esposa, que pasaba su mes de vacaciones en la playa de un pequeño pueblecito de pescadores en la costa catalana de España, Sitges.

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