El río de los reyes, el río Loire, así llamado porque desde la Edad Media los duques y condes se edificaron fuertes castillos a lo largo de este río ancho y calmado, con multitud de islas. Luego fueron los reyes quienes construyeron castillos estilo renacentista.
Antes de que mi esposa hiciera su zambullida en el bosque inundado, habíamos decidido bajar unos 300 kilómetros en tres semanas: camping en prados inmensos, al llegar no habíamos distinguido todos los “propietarios” que estaban lejos, en el fondo, cerca de sus alojamientos. Ellos vieron la tienda, lentamente se acercaron, nos vimos, la mirada inquieta, eran las vacas e incluso el toro de reproducción del rebaño. Este último, bien macho, se acercó a unos pocos metros frente a la tienda donde estábamos sentados, mirándonos, ojos en los ojos.
En dos estancias en España habíamos aprendido dos cosas: primero, que en la actualidad no es el color de la tela el que hace embestir al toro contra la capa del torero, sino su movimiento; segundo, un viejo criador de toros bravos nos había contado que cuando el animal estaba a punto de cargar bizqueaba.
Sin mover un meñique nos quedamos mirándolo en los ojos, cuando de un rincón del campo llegó una vaca que despacito le pasó la lengua sobre los genitales. El toro abandonó su observación de la tienda y se fue seguido de su compañera dentro de un bosque cercano… Al parecer el toro no era bravo, pero sí muy púdico.
De noche me despertó un fuerte ruido como de golpes dados sobre una puerta. Salí y ¿qué veo?: un caballo dando violentas patadas a algo que no hacía parte de su medio ambiente y le molestaba. Temía yo enfrentarlo, di la vuelta, agarré la canoa por la otra extremidad y tiré de ella hacia fuera de la yerba en el río, dejándola atada en un tronco.
Por la mañana el sol resplandecía y no había ningún animal a la vista, la hierba nos ofrecía todavía un buen follaje verde y decidimos jugar a los lagartos por acá un día entero.
En la tarde oí unos “flat, flock” a lo lejos; un kayak azul de dos personas, nos agradaba saber que otros humanos tenían placer por el mismo deporte y río que nosotros. Nos diponíamos a saludarlos felizmente de la mano cuando vimos que en vez de pasar de largo desviaron su embarcación hacia el prado donde estábamos. Nuestra felicidad se esfumó con un “Oh mierda, vamos a tener vecinos”. Estábamos contrariados, mejor preferíamos al toro. Y nuestra decepción cambio a desaprobación y de confusión a ira al ver sucesivamente el kayak acostado casi frente a nuestro campamento, la pareja sacar su material de camping y venir a instalar su tienda encajando sus varillas entre las nuestras.Todo eso, con sólo “buenas tardes”, con acento extranjero.
“Bueno —pensé— no son franceses, ¿pero por qué venir junto a nosotros cuando hay cuando menos 300 metros de prado a la orilla del río?
Una vez perfectamente instalados la mujer se presentó diciendo: “Somos checoslovacos, me llamo Hensi”.
No mencionó nada del hombre que la acompañaba.
A la mañana siguiente se podía ver un kayak y una canoa bajando por el río. Eran de la Checoslovaquia del norte, la provincia tiene frontera con Alemania y cuya población era en su mayoría pronazi. El partido de los sudestes, que facilitó en 1939 la invasión de todo el país por las tropas de Hitler.
El esposo de Hensi, Kurt, era alemán, arquitecto movilizado en la guerra y oficial de marina en la flota armada. Desaparecida durante la guerra esta flota, en 1943, Kurt fue transferido al ejército y hecho prisionero durante la retirada alemana cerca de un pueblo situado a la orilla del río donde estábamos. Por eso había proyectado esta excursión, para enseñar a su esposa el lugar donde estuvo prisionero.
Nos hicimos amigos finalmente.
En los años que siguieron hicimos varias bajadas del río con ellos en varios ríos de Francia, Austria e Italia del norte, y a veces, además de ellos, con amigos de su club.

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