Chantal es un nombre femenino en francés. Hubo dos Chantal en mi vida. Les cito ahorita dos anécdotas de la primera.
Era una colega subordinada y amiga de mi esposa, joven de 24 años que llegaba siempre con retraso a la oficina y tenía que soportar las reprimendas de mi esposa. Estuvo poco tiempo en este trabajo, lo que permitió que a pesar de todo siguieran siendo amigas.
Hija única, con una buena instrucción superior adquirida como interna en una escuela religiosa católica, había memorizado de los cursos únicamente los temas laicos. Poco tiempo después de su salida de esta suerte de convento, teniendo pocas relaciones con sus padres, se casó con un tipo guapo pero bisexual. Dejó Francia por Inglaterra, donde trabajó de recepcionista en un hotel durante unos años. A su regreso reanudó su relación con nosotros. Todavía chica bonita, inteligente, me gustaba su presencia. Alquilaba un departamento en París.
Por pura casualidad, un día que mi esposa no estaba llamó para saber si podía venir a comer.
—Estoy solo hoy, pero si quieres preparo la comida para dos.
Aceptó. Llegó y nos sentamos cada uno de un lado de la mesa a saborear mis preparados culinarios. Acabó el postre, platicaba conmigo una mano extendida sobre la mesa; coloqué la mía encima. Pareció no hacer caso de mi maniobra. Deslicé tres dedos debajo de los suyos, no retiró la mano. La tomé en la mía. Me levanté de mi silla y dando la vuelta a la mesa me acerqué a ella apoyando mi rodilla sobre su muslo.
—André, te suplico, no podría resistir. Para.
Delante de tal confianza en mi sensatez no podía más que obedecer. Volví a mi silla. Con esa llamada a mi conciencia había evitado un drama que tarde o temprano habría estallado. En circunstancias similares a esta —estando momentáneamente solteros— pero esta vez en fin de cena en mi departamento, Chantal me propuso:
—Vamos a tomar una copa de champagne en mi casa.
—Pues —miré mi reloj, ya era tarde— si quieres sí —le contesté.
No vivía lejos.
El champagne era de marca famosa. Delante del canapé sobre la mesita de madera rústica, las copas sucedieron a las copas. La noche y la botella tocando a su fin, pensé en regresar a mi hogar.
En un momento en que la conversación estaba en punto muerto, me levanté…
—Bueno, Chantal, ¿sabes qué hora es? Me voy.
Se paró. Me acerqué a ella para darle un beso en la mejilla. Ella volvió un poco la cabeza y aplicó su boca sobre mis labios. El mensaje era claro. La acerqué con mis brazos ardorosamente, apoyé mis labios contra los suyos en un beso que se acabó sólo hasta que tuvimos que tomar aire. La solté y dándole la espalda abrí la puerta y bajé la escalera corriendo.
Chantal tenía diez años menos que yo. Ahora somos viejos y todavía buenos amigos, aunque marchitos.

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